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“1234”

La mujer. El cuerno (¿o asta? No importa). El fondo aparentemente invernal. Todo, aunque no necesariamente explicable, era armónico. En su expresión de tranquilidad se podía leer que el cuerno/asta no era una incomodidad para ella y, consecuentemente, tampoco la era para mí, espectador. Ni siquiera me importaba si era un asta, un cuerno o un disfraz, o por qué lo tenía. Su paz era también la mía. ¿Pero “1234”? La tranquilidad que me entregaba toda la imagen estaba deliberadamente rota por un “algo” sin explicación. Y además de poner esos números, ¡el desgraciado los subraya! Agh.

Y al final, tal vez, se trata de manzana dejar atrás la molesta necesidad permanente de entender cada.detalle.de.una.obra.

Acepté el reto y empecé por intentar entender qué podían significar esos números. Los pensé como un año, como una secuencia que denotaba un inicio, un ABCD, incluso como un juego con el cuerpo de la mujer. Nada. Quería arrancar esos números y poder disfrutar esa tranquilidad que me regalaba en un primer momento.

Al final me resigné. No lo iba a entender. Eso era lo que el autor quería que yo hiciera. Retarme y hacerme entender que soy un idiota. Caí en su juego. Obligarme a decirme que ya no me interesaba entender, que no necesitaba entender. Que entendía que tenía que convivir con la ambivalencia que me proponía la imagen. Tranquilidad tensa, tensión tranquila.

Pero, ¿y si su juego es hacerme pensar todo esto para obviar un detalle importantísimo en la imagen? Incluso puede que fuera algo desinteresado. Un detalle que superpuso a la imagen un tiempo después de terminarla porque simplemente se había aburrido de la armonía que sabía que transmitía. Sea como sea, en su cinismo la tituló “1234”. 1, 2, 3, 4…

Daniel Ibáñez