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Las tres edades del dios

“Los verdugos suelen ser católicos/creen en la santísima trinidad/y martirizan al prójimo como un medio/de combatir al anticristo/pero cuando mueren no van al cielo/porque allí no aceptan asesinos.

sus víctimas en cambio son mártires/y hasta podría ser ángeles o santos/prefieren ser deshechos antes que traicionar/pero tampoco van al cielo/porque no creen que el cielo exista.”

Mario Benedetti, El paraíso.

 

Mi abuela materna fue monja, novicia más exactamente. Para ser claros: mi abuela fue una mujer que tenía como proyecto de vida ser monja, llegó hasta el noviciado y decidió renunciar y apostarle a otro tipo de vida. Una en la que apareció mi mamá, su familia y pues toda la vaina.

Hablemos de la sensibilidad. La señora –y digo señora para señalar toscamente un desapego emocional- murió cuando mi mamá tenía más o menos 18 años. Digo señora para resaltar que entre ella y yo nunca hubo un nexo y no tengo cómo llamarla ‘abuelita’ o algo así. Toda la relación que he podido construir con una imagen de ella pasa a través de los filtros de mi mamá, porque ni siquiera de mis tías o mi tío. En todo caso el asunto es que en esa otra vida que ella escogió –salirse del convento, tener una familia con esposo e hijas- terminó acabando cuando la menor tenía apenas 18. Parece una historia trágica y en principio fue así. Sin embargo yo, en mis versiones, creo que las apuestas hechas desde la sensibilidad acá brindan una oportunidad para rescatar un sentido profundo sobre las convicciones en la vida.

Para hablar de las convicciones tengo que contar un poco sobre cómo mi abuela llegó al convento. La historia comienza en Purificación, Tolima. Por allá vivía ella con sus hermanos, con sus papás y su familia extensa. Fue uno de los muchos lugares cuyas geografías se construyeron con base en la violencia de principios (mediados y finales) del siglo pasado. Sangrientos treintas, después de los sangrientos mil días y antes de la también sangrienta Violencia (esa última con mayúscula, para diferenciarla de las otras que no están en el currículo escolar). Un día llegaron los conservadores a masacrar liberales. Entre esos esa familia, esa finca, esos apellidos. A todos los mataron. Mi abuela se recordaba, en voz de mi mamá, a sí misma y a sus hermanos escondidos detrás de unos matorrales viendo cómo pasaban los «hechos de violencia» -encantador lugar genérico para describir la sangre y la mierda.

Y así es que se rompen las familias. Ellos fueron acogidos por distintos vecinos para ser separados y enviados a diferentes lugares y con diferentes personas. Mi abuela nunca supo qué pasó con sus hermanos ni a donde fueron enviados. Luisa –así se llamaba- fue enviada a un convento con monjas. Ellas, católicas y encumbradas en la Hegemonía Conservadora llevada a cabo en las regiones gracias al apoyo desinteresado e impulso evangelizador de la Iglesia, educaban con regla y sadismo iluminado desde el más allá.

Empero hay que reconocer que en el convento se educó. Aprendió a leer y escribir, lo que no era la regla en esa época, aprendió oficios varios y terminó por enfocarse en el campo de la enfermería, labor que vendría a siendo lo que desempeñaría una vez abandonara los cuarteles del cristo. En esa etapa final ella era enfermera novicia.

En el mentado convento había un perro. Parece un dato como irrelevante, pero lo cierto es que resulta fundamental para la anécdota que quiero traer acá sobre uno de los motivos que Luisa tuvo en cuenta cuando abandonó esa vida. Era un perro que había estado en el convento desde que ella había llegado siendo apenas una niña. Ya siendo jovencita el perro estaba viejo y enfermo. Pero era el perro del convento. El cuento es que una vez cogieron al perro del convento, se montaron a un carro algunas monjas y novicias, entre ellas mi abuela, y echaron a andar. Por el camino cerca de un bosque el carro paró bajo una tenue lluvia, se bajó una monja y agarró al perro del convento solo para dejarlo al lado de la carretera y tras de eso subirse al carro y dejarlo allí abandonado.

Luisa contaba que esa escena fue para ella significativa. No la única motivación, pero sí una de gran valor, a la hora de evaluar si abandonar o no ese tipo de vida religiosa. Y digo ‘ese’ porque efectivamente mi abuela salió a vivir un tipo de vida, otro, también religioso en cierto sentido. Salió, vivió una vida buena, sirviendo a los demás, se casó por lo católico, conformó una familia e hizo de eso el centro de su vida. Se le podría decir que era ‘tradicional’ y eso hasta cierto tipo es cierto, sin embargo esa sería una respuesta superficial. Y no solo eso, es una que le hace juego a esas visiones torpes, propias de universitario presuntuoso, que califica toda creencia, o todo comportamiento ‘tradicional’ como uno torpe y propio de ingenuos. ‘Es que hay que ser bobo para creer en Dios’, ‘Tan estúpidos los que tienen tal o cual creencia…’. Pero esa no es la respuesta que yo quiero dar, una pomposa y pedante, ni el sentido que quiero construir. La respuesta que yo quiero traer a cuento es una que me hable de las convicciones, un sentido vital acerca de cómo se quiere vivir la vida, uno que tal vez pervive en mí, como pervive, en sus propias formas, en mi mamá.

Dentro de esa vida tradicional que ella escogió tras salir del convento había una apuesta religiosa, marcadamente trascendente, sí. Hizo sus apuestas, dio sus luchas y le apostó por vivir un tipo de vida en el que tenía convicciones. Quiero creer que tener esas convicciones fue lo que le dio el juicio para, después de ser infante testigo de la ‘barbarie’ (otro lugar común que encubre), no pudo permanecer en una institución en la que ella vio que contra todo discurso no había compasión ni misericordia en un acto tan básico como el respeto a la mascota del propio convento.

Ella hizo sus apuestas en sus propias felicidades. Cegadas por el azar. A mí mamá la veo en su dimensión política y reconozco que también ha hecho sus apuestas y sus búsquedas. Ahora creo que también desde un sentido marcadamente religioso. Yo antes no lo veía tan claro, pero ahora sí. Como no la veía de rezandera ni tradicionalista ni conservadora en muchas cosas pues no la creía religiosa, porque yo creía que ser religioso será todo eso. Pero no. Ni enfermera ni devota, maestra de primaria con su propio púlpito ya casi hace tres décadas que pone sus convicciones en juego. Justicia social, solidaridad, principios de fraternidad, son la Palabra que difunde, la buena nueva que dice a viva voz.

Ahora bien, vuelvo a mí (comienzo y final). Ahora pienso que el asunto, ya explicado hasta la saciedad, de no haberla conocido a ella, a Luisa, es secundario ante el escenario de haber conocido la anécdota del perro, la vida religiosa y algunas interpretaciones que hago. Alejado ya definitivamente de las religiones organizadas, de los templos e incluso de la propia creencia, me quedo con convicciones profundas de lucha, solidaridad y transformación sobre cómo el mundo debe avanzar para alcanzar mejores horizontes. Lo que fue crucifijo hecho cruz roja, y entonces marcador de tablero, todo suma en mí. Mis propias transmutaciones. No tantos sobrenaturales pero sí intensas y dolorosas.

Yo, en la generación que se acerca a centenarios de violencias originarias y con la promesa de una paz posible, ante todas estas vitalidades, estas convicciones que corren por mi sangre, me siento como un ateo muy cristiano. E hijo de mi madre y nieto de mi abuela.

Juan Ballestas