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A fin de cuentas

Los muertos son un encarte, solo es posible deshacerse de ellos -y hasta eso está por verse- al morir, y entonces el encarte es uno. A papi lo enterraron una tarde de lunes, hace seis años ya, con funeral judío. Una farsa, hombre, si papi no era judío. Ese día llegué a la funeraria Los Olivos, la que queda en esa horrísona y mugrosa avenida Caracas a la altura de la calle 42, junto con David, mi hermano, hacia el medio día. Al primero que encontramos fue a mi tío, que también se llama David. Qué digo mi tío, el hermano de papi más bien, a ése yo no lo había visto más que dos o tres veces en toda mi vida. Y el apestoso, sin saludar si quiera, empieza a increparnos por las ropas que llevábamos puestas, que así no los van a dejar entrar al cementerio, decía. Qué tal el caradura.

Papi se había muerto la noche anterior, a las nueve; murió solo, sin mí. La última vez que lo vi vivo, agonizando, fue ocho días antes.

Amarrado, entubado. No, papi, no puedo soltarte.

Que me voy a morir sin comer nada dulce… No volví. No podía.

Al rato llegaron mi mamá y mis hermanas. Mamá, de sopetón, con voz temblequeante me dijo Julián, vamos a hacerle ceremonia judía al papá, lo enterramos hoy en la tarde. Pero si papi había dejado bien clarito que quería que lo cremasen y que no quería ni curas ni rabinos, cómo íbamos a hacer todo lo contrario, además acuérdense que dijo que iba a venir a jalarnos las patas si no hacíamos lo que mandaba. Esto solo lo pensé. Mi mamá, con los ojos colorados y hundidos en el rostro por el cansancio y el llanto, me miró suplicante y preferí ahorrarle disputas. David, el hermano de papi, casi satisfecho al ver que no chistamos, se retiró. No tuve remedio, me explicó mamá; David -se refería al zarrapastroso, no a mí hermano- se me arrodilló llorando y rogando, que eso para ellos es muy importante, que por favor no lo impidiera, qué más podía hacer.

Y por qué iba mi mamá a compadecer y hacer caso a ése, a quien no hacía más que hijueputear cada que se lo mencionaba –y bien merecido se lo tenía, pero ya son muchas las miserias reveladas, y los trapitos sucios se deben lavar en casa-, por más que suplicara.

Meses después me enteré de que Víctor Sasson, codicioso empresario, condiscípulo de papi en el internado de Popayán donde cursaron el bachillerato y amigo suyo entrañable de toda la vida, cedió una de las tumbas a las que se había hecho en el cementerio hebreo, corrió con los gastos del entierro y nos sostuvo los meses que hizo falta hasta que a mi mamá le empezó a llegar la pensión.

De este avorazado, quien durante años religiosamente le dejaba a papi con su secretaria un sobre de manila con unos pesitos para que termináramos el mes, escuché decir que su fortuna alcanzaba los cien millones de dólares. Vaya usted a saber.

Cómo iba mamá a rehusar tan generosa oferta. Qué más podía hacer.

Lo enterraron, pues, como manda esa religión de hombres envanecidos y arrogantes, por aquello de que polvo eres y en polvo te convertirás, mientras zumbaban en mis oídos las plegarias estúpidas de un rabino. Qué más daba, igual los muertos no pueden jalarle a uno las patas y, a fin de cuentas, que papi no jodiera, los cadáveres quedan a los vivos no a los muertos; nosotros veíamos.

Julián Harruch