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ADIÓS

La vejez de un hombre  está marcada por ese camino que lo introduce  poco a poco al mundo de las sombras, y  este caso le concernía a Gabriel. Legendario abuelo de vecindario y familia. Siempre contaba historias que poco le creía su nieto Julián. Era un señor hábil con la palabra, algunos de sus familiares decían que era un demente senil, disparatado o loco, por los gritos y muecas que hacía en el momento sagrado de la oratoria, dirigida al infante. Llegado el momento, tuvo que hacer uso de una amenaza: “entregar toda su fortuna a una fundación para niños”, la cual le permitió buscar entre todas sus historias, la forma de aplazar su muerte en un ancianato. Bastante miedo le tenía a la muerte y al poco convencimiento con que su nieto lo escuchaba, la verdad le tenía menos miedo a la muerte que a su nieto, pues, Julián, de unos siete años, siempre se sentaba al lado de él, lo escuchaba narrar sus historias, prestando atención como quien planea el estallido de la tercera guerra mundial. Después de que el abuelo terminaba de narrar febrilmente su historia, Julián se levantaba y aplicaba un pellizco en la mejilla rugosa de Gabriel, el quejido débil se pronunciaba, y Julián huía victorioso ante la lentitud del orador.  Siempre se repetía la escena, uno contando la historia y el otro queriendo comprobar que la momia aun seguía viva.

Gabriel se encontraba inquieto pero meditabundo por su partida, no quería preparar despedidas ni lloriqueos. A sus familiares les quería dejar todas sus pertenencias, era conforme, al pensar que él fue suficiente carga para ellos durante tantos años. Su olor a moho y el eterno panorama vertical de su regazo, le aburrían en extremo y Julián era su mayor consuelo; así sintiera temor de su fatal y doloroso pellizco. Apenas veía a Julián, a Gabriel se le partía el alma el hecho de no volverlo a ver jamás. Parte de sus pertenencias irían a dar a las manos de Julián, en especial los tesoros mejor guardados; una cámara fotográfica antigua y gigante, varios portarretratos con fotografías sepia de gran tamaño, tipo cuadro, con imágenes de lugares y hechos memorables como la de París en Mayo del 68, en la cual aparecía una mujer alzando una bandera en la multitud y un joven con una pancarta que decía: “No es una revolución, majestad, es una mutación“, tomada en su visita a la Escuela de Altos Estudios; la de New York en el festival de rock de Woodstock del 69, allí tomó la fotografía enfocando a Jimmy Hendrix con una inscripción en la parte inferior derecha que decía: “ Red House 69”; Bogotá, parque El Salitre, en la imagen aparecen personas en una extensa sabana. Siempre tomó y enfocó los lugares que le permitieron la mayor manifestación de su libertad.

Para sus hijos irritados les dejó un testamento con una buena cantidad de propiedades de gran valor. Para su adiós, se dejó los lentes bien limpios, una camisa, una chaqueta tipo piloto y un pantalón claro. Pasó cerca de un día acomodando los cuadros al frente y a cada lado de su habitación o nido como lo llamaban sus conocidos, esto con el fin de que Julián los viera apenas entrara a su cuarto.

En la víspera de su despedida le contó al niño con gran ánimo las historias que más lo entretenían.

―Julián, ¡¿te conté alguna vez?!… La historia cuándo viaje a África y me encontré con un hombre y una mujer sin ombligo.

― Sabes que eres aburrido cuando cuentas esa historia…―manifestó Julián.

― Pero te la voy a contar… todo empieza cuándo…

Julián supo aguantar la historia de su abuelo en África. Gabriel se embelesó mirando a su pequeño mientras le narraba.

― Julián, ¡¿te conté alguna vez?!… La historia de un profesor que intentó crear una máquina del tiempo e ir al pasado y termino hablando así: “así hablando termino y pasado al ir e tiempo…”

Desanimado, con mal humor y a la fuerza recibió el último relato del señor Gabriel. El bostezo y los ojos apagados de Julián hacían entristecer aún más al viejo. Sin embargo recobraba fuerzas y la nostalgia del niño dormido sobre la alfombra, preparaba su mayor y único recuerdo que se llevaría de este mundo, del mundo de ahora, para entrar al mundo de las sombras. Contó su último cuento.

El niño dormido. Gabriel no llamó a los padres para que lo llevaran a su habitación, él mismo lo llevó con gran esfuerzo y prosiguió su soliloquio.

― ¿Y si fueras tú el pequeño visitante de otra época? ¡Suéñalo un poco y piénsalo mucho!…

Este cuento lo había leído del autor Ivan Adamovic llamado “Anuncio por palabras” en el invierno de 1982 en Buenos Aires.

El niño durmió en su habitación, la noche se hizo hermosa y el cansancio más leve, así transcurrió el nuevo amanecer entre la vigilia del viejo y el sueño del niño, Gabriel vestía lo que había preparado el día anterior. Julián jugaba por el apartamento con gran conmoción y haciendo los suficientes daños. Gabriel notó que el día transcurrió y ahora se apagaba. Tomó su cámara, la alistó y esperó a Julián durante varios minutos en lo opaco de la noche, metió la mano bajo la manga, se enfocó ―Julián ingresó― e hizo un Click, en las fotos del cuarto quedó una figura incomprensible para Julián, pues su abuelo se parecía a la nueva sombra que fue dibujándose en cada una de las fotografías del cuarto, el abuelo ya no estaba para contarle historias.

Carlos Andrés Carvajal Luna