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Penumbras.

El 3 de marzo de 1992, mientras en todos los periódicos colombianos el titular a cuatro columnas era: “¡Llegó el apagón!”, Pompilio se presentó en mi oficina a la misma hora de siempre –que ahora era una hora más temprano por disposiciones del gobierno– y me leyó fragmentos de lo que había escrito en su diario íntimo los últimos días.

 

El apagón comenzaba y nuestras charlas entraban en la infancia de Pompilio en esos vetustos años cincuenta bogotanos. Esa noche me habló por primera vez de la Ciudad de Hierro en el Parque Nacional. Ese tema hubiera podido ser un buen comienzo para sus Memorias. Traté de explicárselo varias veces pero no fue posible entusiasmarlo. Le hablé de las metáforas que podían utilizarse en torno a los juegos mecánicos: la montaña rusa, o la figura del vértigo que se siente cuando se va dejando de ser joven, los carros chocones o la figura de los amores oxidados y los odios que se van cosechando a lo largo de la vida y la rueda mágica, o la figura del azar de los encuentros del pasado. Todo fue en vano, pues no quiso escucharme. A lo sumo le parecieron demasiado evidentes esas asociaciones. En mi libreta de apuntes consigné la idea, creyendo que podría serme útil más adelante. Recurrí entonces a otro escenario. Le pregunté si recordaba cuándo y dónde había visto su primera película (Pompilio fue un gran cinéfilo que llegó incluso a fundar un efímero cine-club ambulante en Tadó-Chocó en los años setenta). Al principio trató de evitar el tema, pero ante mi amenaza de abandonar nuestro proyecto, retrocedió y comenzó a hablar. Me leyó un poema, de una serie que él llamaba en broma “cine-chicles-charmes-mani-mani-moto”.

 

Si leyeran los poemas de Pompilio notarían que son sus Memorias íntimas, casi de ultra tumba. Son poemas escritos, según me dijo esa vez, apenas salía de ver una película. Siempre escribía un poema después de una película que lo llagara. No era un “resumen de noticias” sobre lo que acababa de ver, era una especie de collage submarino. ¿Collage submarino? En el fondo la poesía era para Pompilio una prolongación de una película. No de cualquier película. De todas las películas. Para Pompilio la poesía era una prefiguración del cine, todo un sacrilegio, todo un sacramento. Solía decir que el siglo XX era el siglo más poético de todos, y sólo por el cine. ¡Tamaño despropósito!

 

Su primera película la había visto el 24 de junio de 1951. Estaban recién llegados a Bogotá con su madre. Esa tarde vieron el reestreno de La Cartuja de Parma de Stendhal, adoptada al cine por Christian Jaque y con roles estelares de María Casares y Gérard Philipe en el Teatro Libia. Era su teatro favorito, tanto así que cuando años más tarde Pompilio tuvo una hija, la bautizó con ese nombre sonoro: Libia. De esos primeros años no hay poemas, pero si una serie de fotografías que la madre de Pompilio, Doña María Teresa guardó celosamente en su casa en una de sus carteras negras de los años del ruido. Ahí protegía todo lo que tuviera que ver con su hijo: diplomas del jardín infantil “Los Chifladitos”, medallas de campeonatos de triciclo, telescopios con minifotos de Pompilio en un circo,  álbumes de los mundiales de fútbol, viejas revistas de la Abeja Maya y José Miel, cuadernos de poemas de hojas amarillas, dibujos de primaria cuando Pompilio buscaba ganarse el concurso de la portada del directorio telefónico, y las tarjetas de cumpleaños que le escribía siempre cada año. Doña María Teresa guardó además casi todos los recortes de periódicos donde escribió Pompilio durante más de cuarenta años…

 

La radio me traía las últimas noticias, y sonaban de ultratumba. El viejo radio aun sonaba igual que en los tiempos de mi padre, cuando él escuchaba la transmisión de innumerables vueltas a Colombia, a Francia, a España y a Italia. El ciclismo siempre fue su pasión. Lo recuerdo, casi de madrugada, escuchando las transmisiones de Europa y tomándose un café endulzado con panela. Cuando terminé de afeitarme, revisé los nombres de la películas que había mencionado Pompilio y comprobé que sólo había visto ocho. Ocho de más de trescientas. La mayoría eran títulos raros (sobre todo de la época muda). Esa mañana, de camino hacia la oficina, me detuve en el Video-club Variedades de la Avenida 28 con Calle 34 y alquilé treinta VHS (me quedaron de conseguir tres para el otro día y el resto para dentro de un mes: Playtime de Tati, Los rapaces de Von Stroheim y Les tricheurs de Carné). Treinta películas de todos los colores y estilos se amontonaron en el baúl de mi carro. Esperaba ver una por día, en la madrugada, cuando volviera de nuestras charlas con Gabriela y Pompilio. Verlas todas me tomaría casi un año. Por lo pronto, frente a los títulos de las que ya conocía anoté un par de palabras-clave para guiarme después y deambular alrededor de los comentarios de Pompilio:

 

–       Ascensor para el cadalso: Estridencia, mesmerismo

–       Apocalypse now: claustrofobia, destino

–       Un día especial: miedo= fascismo, amor

–       M el Vampiro de Dusseldorf: vitrinas, espejos, uniformes

–       Una mujer es una mujer: desnudez, Venus

–       El bebe de Rosemary: sonambulismo, visiones, ascensores

–       La persecución despiadada: noche, sangre, fuego cruzado

–       Memorias del subdesarrollo: nosotros, nosotros, nosotros…

Alberto Bejarano.