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BAJO EL PINCEL

Es preciso decir que los cuadros de Juan flotaban en las más impresionantes y nunca antes conocidas fantasías. De su trabajo artístico emanaba un vaho que antes no se había creído concebible. Ver las siluetas de los maravillosos objetos que componían sus paisajes era perderse en un camino hecho de belleza que, de ser tan inexplicable y nuevo para los sentidos, resultaba aterrador para el alma; así como ver las facciones de las personas que nadie más conoció sino él, significaba dejar que el filo de una realidad inhumana subiera sigilosamente por la espalda y se clavara en la nuca. Algo en el método de resaltar los colores y de darle viveza a su enfoque natural dejaba entrever que Juan se complacía por un estremecimiento complejo del espíritu, una inclinación melancólica y bella hacia expresiones que despertaban una fatal inquietud.

Su particular manera de hacer arte lo alejaba de la cotidianidad, cuyas imperfecciones tanto deseaba aniquilar. Pocas veces su rutina se veía interrumpida por situaciones o personas que al fin y al cabo nada aportaban al esplendor de sus creaciones. En una ocasión, después de que una tarde aburrida se marchara de la ciudad, el timbre sorprendió a Juan y la cortina deformó en la oscuridad un rostro que sin duda era el de un hombre. <<¿Quién es ese hombre?>> se preguntó. Era el único amigo que tenía y que al escuchar los pies torpes bajando la escalera sonreía al recordar que Juan vivía solo.

Más tarde, apoyándose en la luz que entraba de la calle, los amigos conversaron sobre cómo al pensar en los augurios del tiempo aquellos rostros pintados copiaban los gestos ridículamente aterradores de su creador. <<Es terrible>> pensó Juan con la vista perdida en un lienzo. Al indagar en las meditaciones de su compañero escuchó la descripción de un hombre viejo cuya carne cruzaba la frontera donde nace la putrefacción. Guardaron silencio mientras Juan miraba el perfil de su amigo y éste se esforzaba en encontrar las palabras para continuar, como el que una madrugada busca a la orilla de un lago un anillo que acaba de perder.

—Está en el otro sofá—prosiguió—. Se ve agotado pero se nota que cuando joven era corpulento y activo. Su frente es grande, le sigue un poco de cabello quemado por el sol, sus manos son lisas y gordas como tomates maduros y acaricia la cabeza de un niño.

Juan dejó ver los dientes y aprobó con la mano sobre la rodilla. Su visitante continuó hablando.

—Es la cabeza de un cadáver que peina con los dedos.

Sin saber qué decir ante la mirada atenta de su amigo que ahora recaía en su semblante vacío, pues Juan era un poco retraído, agachó la cabeza y, sobándose la pierna que tenía doblada en el sofá, por fin dijo:

—Es una buena historia. Pero ya sabe cómo son las cosas. —Se recostó con ansiedad—. Un día la conducta del artista cambia y parece que el entorno nunca más volverá a ser como antes. Al principio el comportamiento adopta un contexto individual, privado, pero luego llega el conflicto social, el saco de arañas que uno lleva por dentro termina comiéndose los sentimientos y el cuerpo resulta ser una cueva sin inspiración. Primero me concentro en lo que ya he aprendido, no veo la necesidad de salir a explorar nada porque considero suficientes mis conocimientos para extraer la mayor ventaja de la tela y el pincel. Sin embargo, creo que el aislamiento continuo se transforma en lo que erróneamente llamo abstinencia, en una privación inconsciente de placeres nunca antes definidos, entonces camino de una pared a otra extrayendo mi anzuelo para ver que no hay pez con el que pueda cruzar el matorral de la tarde.

>>Respiro como si estrenara mis pulmones pero a mi mente solo sube el vapor de una idea, concisa en cuanto a color, imprecisa en su silueta y, sin darme cuenta, he cerrado la puerta de mi pecho para atraparla, al tiempo que desaparece en la visión desenfocada con la que neutralizo los síntomas corporales de los que hablé.

—La tolerancia a las contrariedades —interrumpió el amigo— así como a la privación de asociación, nacen como resultado de la habituación, o lo que es lo mismo, de la adaptación de la mente al aislamiento.

—No significa que no quiera pensar —dijo Juan—. Afirmar que desligo mi ingenio de las elevadas ideas que rondan en el aire es tan falso como decir que usted no está presente.

—Aún así usted podría asegurarlo —replicó el otro—. Mi punto es que no puede vivir en una exhalación ambigua que lo aleje de una necesidad profesional. En éste caso, la privación es una cara más de la dependencia.

—Está hablando de un tema ajeno a mi conducta.

—La dependencia —prosiguió el amigo en un tono más alto— es un estado que toca las profundidades mentales, sacudiendo en ocasiones los precipicios físicos. Por eso la persona sucumbe ante un pozo de ansiedad.

—Mañana pintaré mis facultades mentales —dijo Juan— en ese blanco que rechaza las conductas exaltadas.

Tomando esta declaración como una burla desviada de sus reflexiones y una manera de pedir que se marchara, el visitante abandonó la casa sin protestar.

Había llegado la noche y, en su afán por ser excéntrico, Juan pintaba bajo la poca luz que entraba desde la calle. Se dice que se distrajo con palabras que solo él llegó a conocer pero con la vista fuera del lienzo, al tiempo que la mano bailaba como loca con el pincel. Un hombre como Juan se asombra fácilmente; su capacidad de quietud ante circunstancias extraordinarias era por lo general incierta. Como si mirara el cuadro a través de una bocanada de humo, reconoció una grotesca anomalía del arte, una figura humana que mantenía las proporciones incoherentes del trazado.

—¡Ridículo! —dijo escandalizado.

Su retroceder fue inestable y la caída del pincel llegó a la habitación en forma de un chirriar de dedos. En ella el pintor paseó las pupilas de un extremo del ojo al otro. Un tenue manto de luz cubría la pared del fondo. Observó una figura robusta y erguida en el sofá, de barbilla cuadrada y ojos burlones, que sostenía en la rodilla un objeto similar a una cabeza, cuyas facciones parecían haber quedado pasmadas por el ataque de una horrible emoción y, antes de que corriera desesperado en busca de las escaleras, se dio cuenta de que los cabellos eran atravesados una y otra vez por los gordos dedos del desconocido.

Miguel Ángel Ortiz