Registrate acá

Ciudad alucinada…

¡Eres una extraña araña!, siempre vas hacia el norte, pero por alguna razón prefieres ir hacia el occidente. El Comnamicros SA verdoso y sudoroso te ha dejado. Te ha expulsado gracias a un pito después de microsegundos de sensaciones mezcladas. Caes, usas tus dos patas de araña, inhalas el aire púrpura, solicitas un Marlboro pero te ofrecen Green o Kool, tu libertad se decide en escoger… Prefieres aguantar. Caminas y ves las calles hechas de asfalto caoba y cemento traslúcido. ¿El número de la calle? ¡Ah sí!, la cincuenta y tres. Las nubes ojean a los transeúntes con sus caras largas y blancas, expulsando olores inauditos, flatulencias de hidrometeoros fugaces con sus penachos despelucados. En el aire, las aves verdes con picos cortos nadan con los dióxidos y carbonos. Las aceras son filosas, son acuosas, son fértiles y fétidas de ideas. Al frente, solamente un mundo para recorrer, una ciudad feroz, una ciudad habitada, una ciudad alucinada.

Antes, mucho antes, a este mundo le decían pantano, pero parte de ese pantano se llama hoy por hoy localidad; antes le decían la Atenas sudamericana pero ya la arquitectura la había dejado; antes le decían Doña Pollution pero ya los carburadores se habían extinto. ¡Bah, pura paja!, la verdadera alucinación es que es una ciudad de soda, una ciudad a lo furibundo, llena, compuesta y resuelta. ¡Pum!, la disertación se diluye, se penetra en neuronas olvidadas, pues llegas a la veinticuatro. La cosa cambia, giras el tronco y vas hacia el norte, ahora son las carreras que están ubicándose, desdeñándose, afilándose. Las calles dejan de ser. El cemento es ahora gris y el asfalto más gris. Ya las aves no nadan, son tranquilas, son fechorías, son adverbios, se alinea la cosa, ya no hay movimiento, todo es una inamovible paz. No lo soportas más, cruzas hacia el occidente… De nuevo la alucinación, el cambio cardinal favoreció la recepción de la vida, de la distancia, de lo movible. En últimas vas de nuevo por una calle, vas por la sesenta y tres.

Todo reluce, pero la calle sesenta y tres hacia la mitad parece un discurso viejo multicultural: piscinas a la derecha, conjuntos cerrados hacia la izquierda. Canchas de volibol a la derecha, una biblioteca hacia la izquierda. Museo a la derecha, un parque gigante con capilla, con agua, con verdes, con sonrisas de niños, con pájaros, con balones, con paletas y cometas hacia la izquierda. ¡Qué tedio! Saltas kilómetros, porque los transeúntes-arañas lo podemos hacer, pues no somos el transporte del milenio, ni compactadores extranjeros, ni biwis azules, ni Comnamicros SA, ni Cootrankennedy… Nada de eso. Olemos las ráfagas del viento de una ciudad encerrada por cerros que parecen mujeres de harén; cagamos en bacinillas con cristales de una ciudad que esconde los olores como una hetaira celosa; escuchamos la melómana ciudad con metal, jazz, ranchos chilenos, Gioachino Rossini, protesta, liberal y conservadora; vemos los meteoros de las guirnaldas de Dios cuando se rompen en dos mil seiscientas estrellas y ¡Pum!, de repente caes sobre un puente, ves la metamorfosis y te das cuenta que vas por una carrera horrible, con infinitos carriles horribles, con edificios horribles y te desalientas horriblemente. Al dejar el puente te das cuenta que la cosa cambia pues la carrera se convierte en calle. La vida supura nuevamente, te toca el oriente pero felicitas las distancias, pues vas por la calle cien.

Vas por Rionegro, y eso que es Bogotá; vas cerca a la Avenida Suba y eso que vas descendiendo; vas caminando la calle y eso que vas decepcionado. La vaina se complica, se dilata de una forma inesperada, las aves te ven y se totean de la risa. ¿Qué hacer?… ¡Esperar, tal vez!… ¿Cómo redimirte?… ¡Correr e irte!… ¿Cuál de las dos?… ¡Endosarse en una pequeña voz! La conspiración se aferra y como los estéreos sódicos con aviso de curvas inhalas una salida, entonces le dices a otro transeúnte que si todo bien, que si te lleva a tuta, y el man te dice que de una, porque así son los rolos, y el man se pega una flatulencia poderosa que los expulsa a 200 kilómetros por hora, y tu campaña de velocidad es más rápida que una puta biwis azul, más rápida que una intravenosa, más rápida que la velocidad de un chisme, más rápida que una bella mujer de moral distraída y ¡Pum!, quedas cerca de la Avenida Blanchot del viejo Virus Cocker y te das cuenta que estás sobre la calle ochenta y cinco.

Allí se te acerca un man con cara azulada, como extranjera, como metódica, como locuaz, como rara y te pregunta “Know, Do you look like Hyoga from Saint Seiya?”, y entonces les dices “No perro, I don´t do Yoga, ni rezo, ni parpadeo. Solo alucino las streets. Are you understanding?” y el man se ríe con esos dientes violetas típicos de los extranjeros y ¡Bah!, te cansas de que a estos manes haya que hablarles en sus grafías, en sus enredos, en sus acentos, en sus fisuras. Lo más obvio es que cuando vayas a Zagreb debas aprender Croata, cuando vayas a Sri Jayawardanapura debas aprender Cingalés, cuando vayas a Mogadiscio debas aprender Somalí, cuando vayas a Pekín debas aprender Capitalismo a lo siglo XXI, cuando vayas a Futurama debas aprender Ho Chi Minh, y así… ¿Acaso no es lógico? Así que si estos manes púrpuras y azules quieren venir a la ciudad alucinada deberán aprender… ¡Pum!, la halitosis violeta del extranjero te teletransporta a un lugar insospechado, clichesudo, todo marrón lleno de mochilas y barbas seudo-pigmentadas, el ambiente es tenso y anacrónico, ves algunas sodas en manos mamertas y facundescas, y no sabes si hablar de la necesidad de la muerte estalinista de Trotski, el compromiso judío de Améry o de la recreación de la Unión Soviética Guevarista. ¡No!, nada qué hacer, estás sobre la séptima, cerca a la homóloga de la casa rosada argentina, ¡juemadre!, tenía que ser una carrera.

Esa séptima es todo un estornudo directo al alma. Esa séptima es una anabolena cromática. Esa séptima es un mal chiste circunciso. Esa séptima es una plural. Te confunde su vampiresa sensación de caminarla, de pisarla. Es abierta y dispuesta. Es un shock electrificado con millones de kilobits enfermos de esperanza. Curiosamente desenfundas tu revólver LeMat 1856 y haces lo que sólo alguien en la ciudad alucinada puede hacer: dispararle a la carrera en su entraña, en su fosa, en su alcantarilla. Entonces la ciudad se escurre, la carrera desparece y entras en un gusano gaseoso de espacio y tiempo y ¡Pum!, terminas en la carrera que es veinte y después setenta y dos y llega hasta la ciento y pico y que tiene sin fin de carriles pares e impares y además se llama Boyacá. ¡Qué locura! ¿Cuántas descripciones en una triste carrera de ciudad? Esta vez no desenfundas el revólver sino que agrietas tus ojos y sueñas con una calle hermosa.

Tal calle será tejida, correrá hacia el occidente, transitarán cocodrilos grises y las transacciones serán ácidas y gratuitas. Además será parte de una ciudad-ciénaga atiborrada de un smog turbio de ideas. Tu calle absorberá la ciudad alucinada y todo podrá hacerse de nuevo. Solamente reza para que tus ojos puedan ofuscar todas las carreras y te aseguro que la ciudad alucinada acontecerá.

Yerson Carrillo-Ardila 

  1. Ricardo Tello dice:

    Este texto particularmente supo absorberme, una interesante mirada a la incoherente realidad de Bogotá.