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Cuento Naranja

“Silvia, tu abuelo acaba de llegar. Levántate inmediatamente”, dijo mi madre,  después de abrir la puerta con ese estruendo exageradamente ruidoso de siempre. Como si no fuera poco, entró a la alcoba violando  los límites de mi santuario y exterminando todo tipo de juramento anterior. Decidió abrir la persiana blanca y dejar entrar ese haz de luz que descaradamente acaba con los sueños libertinos y los colores de las paredes. Ella lo hace de malita; es que seguro sabe que  ese rayo fosforescente es el disparo que me perfora la cabeza y me hace sentir en la boca el amargo sabor de tristezas y locuras nocturnas. Después, gritó de nuevo palabras absurdas y desagradables y se largó con ese típico portazo que anuncia enfado y vergüenza.  Ay, semejante escándalo porque llegué a las 3 am. Viernes 3 am. Linda noche de viernes. Linda tarde, lindo día, linda lluvia, lindísimo Joaquín.

Hace meses no lo veía. Me llamó en medio de la tarde y tan descomunal fue mi sorpresa y tan descarado el ruido de mi teléfono, que no tuve más remedio que salir del aula de clase y hablar con él bajo el agua que azotaba esos árboles alargados que me encanta ver bailar en las tardes de sol. Le contesté.

“Sol solecito, caliéntame un poquito, por hoy, por mañana, por toda la semana…”.

“Está lloviendo, ¿cierto?  Sabes que me encanta verte gritar bajo la lluvia. Llevo semanas imaginándote. Llego en dos horas a la ciudad. Te esperaré donde siempre.”

Sé que me brillaban de nuevo los ojos. Sentí que se me subía el corazón a la garganta, quería vomitarlo, examinarlo y descubrir de qué color se convertía. ¿Verde? ¿Amarillo? ¿Azul? ¿Morado? No, seguramente naranja. Ese color familiarmente dulce, cítrico, caluroso,  abrazante, envolvente, delirante, intenso, alegre, exuberante. El color que se come la lluvia y la vuelve vapor de naranjos, de sol, de serpientes, de paisajes dorados, de tantas mañanas y atardeceres juntos. Sí, naranja. Mi corazón era naranja. Es que soy patéticamente romántica, patéticamente soñadora, patéticamente gritona. Soy una entre mil, una asquerosa que se muerde los dedos y se saca las yucas. Una vividora de situaciones irónicas y una cantante de letras repetidas y averiadas. Me gusta saborear un mundo de colores y eso es algo que pocos quieren entender.

“Muchachita, no lo voy a repetir: levántate inmediatamente, cubre esos garabatos y recoge el reguero. Acá no vivimos en un basurero. A tu abuelo no le gustará.”

“Virginia, a él no le importa que la pared esté pintada. Déjame acá otro ratico.”

“No me digas así. Yo soy tu mamá. Diez minutos y punto.”

Ojalá supieras que te veo naranja cada vez que milagrosamente me puedo acercar a ti. Te vi desde lejos, a la entrada del museo y las gotas empezaron a oler a esas florecitas que me dejabas sobre la almohada. El placer era tan delicioso que por unos instantes retiré el paraguas de mi cuerpo para que cuando me abrazaras sintieras algún perfume diferente, y no solamente el olor de ansiedad, angustia o deseo que me perturbaron profundamente desde que recibí tu llamada. Llevabas la misma chaqueta de nuestro viaje y caminabas de un lado a otro con la mirada perdida. No quise desperdiciar ningún detalle, ningún movimiento, así que decidí observarte diez minutos desde el otro lado de la avenida. ¿Por qué viniste? Ahora no lo entiendo. Es que en ese momento no me importó, yo sólo me estaba deleitando con tu piel naranja, tus labios mordisqueados y tu nariz quebrada. Decidí acercarme lentamente, para que nunca olvidaras lo que significa verme llegar de nuevo. ¿Será que cuando sucede me ves de algún color? ¿Será que cuando te acordaste de mí hace unos días saboreabas algo ácido en tu boca?  Pensé detenidamente cada paso y actué para ti con mi cuerpo, canté para ti con la mirada y te quise decir todo lo que construí mentalmente durante todos estos meses de soledad.

“Hola Toto. Perdóname, seguía durmiendo. Te ves bien. Hace rato que no volvías del campo. ¡Qué día tan soleado! ¿No te parece?”

“Hola Silbato, mi nieta linda. ¿Qué haces durmiendo a estas horas? ¿Qué haces alegando en la oscuridad hasta tan tarde? Cuando eras niña rogabas que amaneciera porque no soportabas que no hubiera sol. No podías quedarte un segundo a oscuras. ¿Te acuerdas de la canción que tanto te tranquilizaba?”

“Claro que sí. A veces la canto un poco para recordarte… es que siempre estás lejos en el campo, abuelo.”

Sigo sin entender por qué te fuiste, después de tantos días, tantos meses y tantas promesas dibujadas en mis paredes, en mi cuerpo, en mi mente. Me miraste a los ojos como si quisieras leer entre líneas una página entera. Finalmente, tu boca se curvó en ese gesto alargado y torpe que llamas sonrisa. Te acercaste y me abrazaste de una forma desconocida. Olías a toronjas, a campo, a caminatas y tardes en el río. Tomaste mi mano y sentí tu piel de cáscara carrasposa. Quise morderte, aplastarte, destruirte. Déjame en paz. ¿Por qué vuelves para largarte de nuevo? ¿Por qué me sigues torturando con tus aventuras y sorpresas? Déjame, déjame ya. Volviste solamente para observar junto a mí las pinturas expresionistas. Volviste para escucharme hablar durante horas sobre la ridícula idealización de la belleza y las máscaras demoniacas. Es que embriagarme de ti, tus sarcasmos, tu seguridad, tus gestos absurdos y alocados, hace que el arte tenga más significado. La pintura se escapa del lienzo y empieza a hacerme cosquillas en los pies cansados, en la mano que sujetas intensamente, en el cuello torcido y la cabellera empapada. Es como si tuviera piojitos de colores que invaden mi mente y me hacen construir un discurso complejo y directo hacia artistas imaginarios. No me puedo callar. Es simplemente imposible. Caminamos durante horas y me observaste pelear con el arte minimalista, algunos desnudos  y absolutamente todas representaciones de minúsculas moscas sobre un lienzo blanco.

“Hijita, vine a despedirme.”

“¿Cómo así? ¿A dónde te vas ahora Toto lindo?”

“Moriré pronto. Lo puedo sentir. Tú y tu madre son mi única familia, por eso he venido hoy. Últimamente se me queda la mente en blanco y me quedo suspendido en el aire con la mirada perdida. Se  me cruzan memorias de ayer con sensaciones de hoy y empezar a perder la cabeza es ir muriendo poco a poco. Un día no recordaré quién eres, ni sabré cómo venir a visitarte. Habré olvidado todos los secretos que me has contado y las imágenes y colores que has compartido conmigo. Sé que soy un hombre muy viejo para entender completamente tu espíritu joven, pero quiero decirte que me has hecho feliz. Pintaste mi vida, Silbato.”

Me preguntaste si quería ir a bailar en la noche. La verdad, lo dudé un poco antes de responder que sí. Me da miedo que hagas eso que haces siempre: ponerme la mano arriba de las nalgas, pero debajo de la cintura. ¡Qué nervios, carajo! Joaquín, te crees lo más por ponerme nerviosa. Durante toda la canción me consumen las ganas de besarte y la incertidumbre de lo que vas a hacer. A ver si te atreves, Joaquín, tócame una nalga. Claro, me pones nerviosa una noche entera y después te largas de paseo por el monte durante meses. Creo que tú nunca vas a estar realmente enamorado de una mujer. Te excita más el verde de las colinas y los cantos de los ríos. Ni siquiera yo, la única mujer que realmente te ha llegado a conocer,  puedo competir contra eso. Cógele una nalguita a la montaña, a ver,  acaríciale el pelo a una planta  y susúrrale cosas bonitas a  las rocas en el agua. No creo que te respondan nada, no creo que te besen, ni te abracen por la espalda como yo. Ojalá supieras que para mí estar contigo es entrelazarme con la naturaleza entera.

“Por favor no me digas esas cosas otra vez. Tú estás perfectamente. Mírate, lograste volver otra vez. Casi que puedo hacerte cosquillas y despelucarte esos pelos de tu calva como cuando era sólo una niñita. También podría esconderte el bastón y lo encontrarías rápidamente. Podría pintarte otra vez un bosque en la barrigota y tú no te enojarías. No quiero que digas esas cosas. Promete que volverás. Tú estás bien.”

“No sé si lo estoy. Por eso vine a despedirme de nuevo. Quiero aprovechar cada momento de lucidez para decirte estas cosas. Es realmente importante. Cuando me vaya de la ciudad no sé si vuelva. No quiero que me veas olvidarte, no quiero que veas cómo se desdibujan tantas experiencias. Pronto no seré más que un papel blanco arrugado con un par de moscas encima. Sin embargo, espero que los senderos de las tierras me vuelvan a traer acá. ”

A la 1 de la mañana te cansaste de bailar. Me sacaste de la disco y me llevaste a caminar  por la ciudad. Desde que me llamaste en la tarde supe que te largarías en la madrugada y que no me pedirías que me fuera contigo. ¿Por qué odias tanto la ciudad? ¿Acaso no te gustan las luces, el movimiento, los bailes, los contrastes y las personas? Sólo te gustas tú. Sólo quieres estar contigo mismo. Eres egoísta porque no quieres encantar a los demás con todo tu ser. Es que eres una naranja deliciosa. A mí me deleitas durante todo un día para que se te suba de nuevo el ego durante… ¿Cuánto tiempo va a ser ahora? ¿Dos meses? ¿Siete? ¿Ocho? Sólo quieres volver para encontrar mis ojitos eternamente enamorados y recordarlos cuando no te soportes a ti mismo en medio de la vasta soledad.  ¿Será que ves mis ojos cuando hay luna llena? Me gusta pensar que sí y que eso es lo que te hace volver otra vez.

“No quiero que te vayas. No quiero despedirme de nuevo ni quiero que me olvides. No quiero que te desdibujes. No quiero que te pierdas en los bosques, ni que toques las montañas. No quiero que se te enrede la cabeza y olvides nuestras historias. No te vayas. No quiero que olvides cómo volver. No me olvides por favor. No te pierdas, no te duermas sobre las colinas. Sólo busca los colores que pinté en tu vida y regresa de nuevo.”

“Te prometo que lo haré, lindura.”

Paula Méndez Romero