Registrate acá

Cuidado con las Abejas

Le parecía ver una sombra en la distancia. Su respiración salía agitada y se nublaba frente a sus ojos, congelándole las pestañas. Cada segundo le pesaba en el alma, en no estar arriba con ella, en su futura memoria.
Definitivamente era una sombra que se acercaba cojeando, pero venía sola.
-¿Qué pasó?
La sombra, que ya no era sombra sino jardinero, negó con la cabeza. Tenía la frente empapada y los pies llenos de barro.
-¡Isidro! ¿Qué pasó?- Preguntó Cora, con el llanto empapándole la voz.
Isidro negó nuevamente con la cabeza y le alargó un sobre de color rojo.
-Mandó un telegrama. Voy a cambiarme.- Y se fue, con paso lánguido y tristeza.
Cora regresó a la casa. En el camino, abrió el sobre:

“Querida hermana. Voy en camino.

Tren atrasado. Inundación en las vías.

Espérame. Espérame. Espérame.”

Cora dobló el telegrama y lo guardó, mordiéndose los labios.

La luz de la habitación era tenue pero abundante. Las ventanas estaban cerradas, las cortinas abiertas. Al lado derecho de la cama estaban el Doctor Laissue y el Ama de llaves, que lloraba en silencio. Detrás de la cama había un inmenso espejo velado. A este lado de la cama estaba Françoise, la otra enfermera. Cora se paró a su lado.
-Señora Ágata, un telegrama de la señorita Berenice.

Ella abre los ojos. Son azules, de un azul imposible, congelado en el tiempo hace tiempo, a sus veinte años. Su melena plateada acaricia la almohada mientras la ayudan a levantarse.

Se ha vuelto pequeña y más delgada, piensan todos, y la miran. La Señora Ágata les sonríe y pide sus gafas con un gesto de los párpados. Lee varias veces el telegrama. Luego sonríe y se vuelve a acostar.

–       Cora, si llega mi hermana dígale que la adoro, pero que la muerte no espera a nadie.

Por el borde del espejo emergió una mujer espléndida, alta y delgada, de melena ondulada y rubia. Iba vestida de negro, con un collar de perlas que le rozaba la cadera y los labios muy rojos. Iba arrastrando, con una mano, una silla tapizada de flores verdes y en la otra mano traía un pocillo humeante, también verde. La mujer del espejo se sentó en su silla, agarró el pocillo con ambas manos y tomó un sorbo largo y tibio. Bajó la taza sobre su regazo y preguntó, muy seriamente,
– Cora, ¿dónde está mi hermana?

Cora se acerca al espejo.
– Dice que no ha podido tomar el tren de la noche, Señorita Ágata, que las vías están inundadas por el aguacero. Me parece a mi que tomará un caballo en alquiler, o un coche, porque no sabemos si pueda cabalgar, pero a esta hora ya no hay coches y la vía está inundada, Señorita Ágata.
La mujer del espejo frunce los labios. Acerca el pocillo a su boca, pero no bebe nada. El silencio tenso de lo inevitable se apodera de la habitación, interrumpido a penas por la débil tos de la Señora Ágata y por los sorbos de té de la mujer del espejo.
La puerta de la habitación se abre y entra Isidro.  Se ha lavado la cara y las manos, se ha afeitado y se ha cambiado de ropa. Lleva en las manos dos Ramos de flores; uno de rosas blancas el otro de flores silvestres. Isidro se quita el sombrero torpemente y pone el ramo de flores silvestres en un florero de vidrio que reposa sobre la mesa de noche de la Señorita Monroe. La Señorita Monroe olfatea débilmente las flores y sonríe,

-Gracias Isidro, querido.

Isidro solloza levemente y ofrece el ramo de rosas blancas a Señorita Ágata. Ella se levanta y toma las rosas, alargando su mano por el ondulado vidrio del espejo y agradeciendo a Isidro con un gesto de sus párpados. Isidro ocupó su lugar solemne al lado de Cora mientras la mujer del espejo paseaba de lado a lado, a veces extendiéndose por el cristal de las ventanas. Un fuerte ataque de tos estremeció el cuerpo débil y envejecido de la  Señora Ágata. Françoise sirvió un vaso con agua y Cora le levantó la cabeza, ayudándola a beber. Los hombres bajan la mirada, el Ama llora. La Señorita Ágata se levanta de lentamente, secándose un par de lágrimas perladas.
– Cora, es hora de arreglarla un poco. No podemos enviarla así.
Las mujeres se miran, y lentamente se dispersan por la habitación. el Ama de llaves trae varias cajas de cuero azul claro. Françoise trae los ganchos y cepillos, mientras Cora saca un vestido blanco muy bello del closet. Cada acción era llevada a cabo con delicadeza, como si fuera parte importante de un ritual, de una coreografía milimétrica e inevitable. Los hombres se sintieron invasores y salieron de la habitación. Antes de salir, Isidro besa la mano de la Señora Ágata. Ella le hace señas para que se acerque y le besa la frente para despedirse. Isidro solloza fuerte antes de cerrar la puerta. Las mujeres se dieron a la tarea de maquillar, vestir y peinar a la Señora Ágata, bajo la estricta dirección de Señorita Ágata. Su piel, aunque estaba surcada de interminables arrugas, era hermosa y suave. Sus labios tenían aún alguna carne y sus ojos diáfanos contenían toda la fuerza de este mundo. Su melena plateada era aún más impactante que la rubia estampida de la mujer del espejo.
La ayudaron a quitarse el camisón de la piyama y a ponerse el vestido blanco. Sus senos no se habían vaciado, sus caderas seguían siendo anchas y sus piernas regias, como si nada en este mundo, ni siquiera la vejez, pudiera arrebatarle esa belleza absoluta que le pertenecía por derecho y por naturaleza. Otro ataque de tos estremeció la habitación de la Señora Ágata. Abajo, en el comedor, Isidro rezaba en silencio y el Doctor Laissue llenaba una planilla. Un ruido lejano de cascos de caballo al galope llama su atención. Salieron inmediatamente de la casa a esperar en la noche fría. El Ama también escuchó el ruido de los caballos y saltó de alegría y renovada esperanza.
– ¡Ahí viene! ¡La Señorita Berenice!
Y corrieron todas a la ventana, pero no veían nada más que la oscuridad de la noche y las siluetas de Isidro y el Doctor Laissue. La Señorita Ágata, que se había plantado en el cristal de la ventana, salió apresurada de la habitación, desplazándose del picaporte dorado al espejo del pasillo, al florero de vidrio, a los candelabros de la escalera, al piso de mármol bien pulido, a las hebillas gastadas de los zapatos de Isidro y, finalmente, se sentó, exhausta, en el borde de los anteojos del Doctor Laissue. La silueta de una mujer a caballo se dibujaba en la distancia. La tos de la Señora Ágata empeoraba. Sus pañuelos se embarraban de baba y sangre y labial rojo. Cora le daba agua, le enjugaba la frente, ¡un poco más!, le masajeaba el pecho, ¡espérela un momento, que ahí viene!

Los espasmos le destrozaban los pulmones, como si el caballo no galopara por el camino empedrado sino por su garganta deshecha. La mujer del espejo regresó a la habitación.  La Señora Ágata deliraba. El galope se detuvo, seguido de un taconeo apresurado.
– ¿La escuchas? Es Nice, que viene a verte. Espérala. – Le dice la Señorita Ágata, que se ha instalado en su vaso de agua. El sonido hueco de los botines de Berenice golpea al mismo tiempo que la tos de su hermana. La Señorita Ágata regresa a su silla estampada de verde. Françoise reza. El Ama llora. Cora sigue enjugándole la frente a la Señora Ágata. Los pasos de Berenice se acercan por el pasillo pero es tarde. La Señora Ágata abre los ojos, toma su último aliento y aprieta los párpados.
– Cora, mañana en la mañana todo estará tapizado de flores muertas. Tened cuidado con las abejas.

Maria del Mar Escobedo