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De cómo los gatos se vuelven trapos rojos

Un periódico volando en círculos se aparece en frente, como en las caricaturas, y grita en el titular (de la página 21 pero shhh) LES AMANTS SE ESCAPAN DE SU CUADRO, MAGRITTE EN BUSCA DE UN NUEVO SENTIDO ARTÍSTICO. Ocurrió el día en que yo llegué a Londres, Paris, Nueva York, o donde sea que está el cuadro. Había viajado con los ahorros de una vida. Verán, yo soy de ese tipo. Me gustan los museos, sí, pero no hablo mucho de ellos. Mis amigos mamertos me llaman burgués. Claro, pago mi propia renta y tengo un cuadro de mucho valor colgado en la pared. Un original. Me gustan el buen café y el buen vino. Tengo paladar para las trufas y me gustan los museos y el cine (no sólo el que tiene que ver con política). Mis amigos burgueses me llaman pobre. Nunca tengo para la rumba (y no disfruto, debo admitir, meterme en un bar de electrónica sin poder hablar) ni para los paseos de conmemoración de no sé cuántos años de amistad a Ibiza. No puedo ir al matrimonio de sultana porque lo hizo en Cartagena y sólo doy 40000 pesos en los sobres de grados y matrimonios (eso si es un buen amigo).

Tengo dos caras. Más, muchas más. El mundo me resulta un caleidoscopio. Tengo ojos de mosca y el mundo me ve con ojos de mosca. Tal vez sea por eso que cuando llegué a Paris, Nueva York, Berlín, Florencia o Amsterdam, donde sea que estaba el cuadro y vi el titular del periódico que anunciaba el escape de los amantes de Magritte, pensé que a alguien (algún alternativo, de esos que levantan llevando a las chicas a los museos para hablarles de las técnicas que utiliza Man Ray en su fotografía) había cometido el error de decir en frente de dos amantes “think outside the box”.

Frustración. Esa sensación fea y existencial que te obliga a ir por un café y un cigarrillo, cruzar la pierna y mirar al vacío. Existir desde ese vacío. Existir de forma previa a ser. Estar yerto en el mundo. Yecto, lanzado, tirado, erecto. Levantar en un café. A mi izquierda un letrero dice “Café italiano de los bohemios” mejor no. A mi derecha encuentro otro; “Centro de discusión social el mundo no está a tus pies sino en tus manos. También vendemos café.” mejor no. ¿Fue así? ¿Al revés? Agh, no importa. Son lo mismo. De repente, sin buscarlo “Café” uy, suena bien.

Y allí están. Los amantes. Juntos con sus máscaras de tela blanca. Buscan su lugar en el mundo. ¿Acaso hay un pintor que dicte la intención nuestra? ¿Somos nosotros quienes la dictamos? ¿Qué crees, amor mío, son acaso los espectadores solos? ¿Hay en nosotros algún tipo de libertad o estamos condenados a la quietud eterna? Es fuerte esta bebida ¿Absenta? Fuerte bebida.

Ja! mi chance.

Entro en escena con un ¡bang! y un aplauso. Me tropecé y rompí una botella, eso siempre hace a la gente aplaudir. Hace rato que no distingo el aplauso sarcástico del aplauso alegre. Ella me mira desde su máscara, me invita a sentarme. Sólo ellos no aplaudieron.

Ya están borrachos. Hablan de cosas que yo no entiendo. Se preguntan preguntas que yo no pregunto. ¿A quién carajos le importa si fue Nietzsche o Wittgenstein el que los dejó salir del cuadro? ¡Están afuera! ¿Acaso no es suficiente? Mi comentario se escucha en toda la sala. Se escucha en el silencio casual que hubo en todo el café. Se escucha entre el humo de los cigarrillos y lo despeja. Yo también lo escucho. Me sonrojo con la vergüenza de una nota desafinada.

Pero ella sonríe. Sonríe una sonrisa que se ve tras la máscara blanca que es su cara, aunque la máscara sigue inexpresiva. Sonríe una sonrisa que no está allí, invisible, inexpresiva, comprensible.

–¡Ahhh! ¡Una sonrisa conceputeal! dice alguien en otra mesa.

–¿Quién dijo que me importa? bebe otra copa.

Ahora yo también estoy embriagado. Me embriaga la unidad de los tres. Me embriaga que lo entiendo todo. Me embriaga la comunicación implícita que se ha sentado entre nosotros. Nos embriagamos y somos uno; una fiesta.

El mundo me resulta un caleidoscopio. ¿Cómo me veré detrás de esa máscara? El cuarto está oscuro, con una sola luz sobre nuestras caras. Es amarilla y alumbra desde arriba. Sólo ella y yo. Un hombre que se quitó la máscara se sale de mi mente. Sólo ella y yo, en primer plano. Recuerdo un amigo cineasta que le pide a sus novias el encuadre.

Nuestras bocas están juntas. Separadas por el trapo. Juntos nuestros labios. Ella canta Billie Jean versión de Civil Wars.

LUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUZ

Se levanta desnuda.

–Hay días en lo que me gustan los cowboys- dice. –Pero no me gustan las moralejas. –Mientras se levanta de la cama, la sábana roja se desliza por su piel. Estoy seguro de que esa sábana lo está disfrutando. Toca toda su espalda y su cintura. Se detiene medio segundo. Un poquito. Lo suficiente para que uno lo note. Descubre su nalga derecha.

–Me gusta que estés desnuda y aún así no sepa quién eres- digo

-Buenas tardes- digo al fin.

-Buenas tardes para usted tambiénrespondió sin sorprenderse. -¿Cuál es su nombre?- preguntó.

-No lo sé. No uso ninguno. Es la primera vez que hablo con una mujer y no lo había necesitado. Puede usted llamarme Tartufo.

-Un fausto nombre. Pero no necesita un nombre. No le llamaré de forma alguna. Lo he visto pasear por los tejados y nunca me pregunté su nombre. Sólo que cuando habló, pensé que tuvo alguno.

-He tenido muchos. Ya no los recuerdo.

– ¿Sabe cuál es mi nombre?-

-No lo sé. Tampoco me interesa. Los nombres se me parecen a las cárceles en que son útiles para una sociedad que es poco creativa.

-Las moralejas me disgustan. Seguramente ese no será mi nombre hoy.

-Tiene razón, son molestas. ¿Se dio usted cuenta de que soy un gato?

– Tanto como usted del trapo sobre mi cabeza. Por eso vine con usted esta noche. Me pregunto ¿en qué piensa un gato?

-Yo también me lo pregunto.- pensé en silencio.

-Es curioso. Como esa palabra. Al fin y al cabo, la curiosidad se agota con las respuestas. Las personas requieren respuestas y cuando uno piensa en forma de preguntas piensa en busca de respuestas. Los ciclos abiertos están prohibidos, las preguntas sin respuesta están prohibidas. – Ella me miraba desde su máscara. Me miraba atenta, como si entendiera lo que los gatos piensan.-.

-El diosVeritas controla a los hombres y los trae a su cómodo seno, donde descansan, donde hayan paz en la luz perpetua. La luz que perpetúa la paz y las respuestas. La oscuridad es temida, allí viven los demonios de la incongruencia y la inconsecuencia. En la oscuridad se pisa en falso y eso da miedo. No porque los pasos en falso sean de temer, sino porque temer ha sido asociado a los pasos en falso. Caer eternamente está científicamente prohibido. No tener puntos de vista está moralmente prohibido. Pero los gatos se mueven en la oscuridad. Los gatos se mimetizan en ella. Si pudiese contestarte en qué pienso, entonces rompería el silencio. Hablaría luz, dejaría de ser gato.-

Su mirada oculta estaba clavada en mis ojos.

-La curiosidad mató al gato- sentenció ella mientras pensaba que la palabra sentencie significa tanto oración como sentencia. –Ese será hoy mi nombre- dijo con ternura, sintiendo pena por mí.

-¿Qué se sentirá morir de curiosidad?- dije mientras abandonaba el cuero de ese gato y me dejaba envolver por una sábana roja.

Felipe Cristancho