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Detalle de brusca coquetería

Últimamente escucho mucho sobre poetas. Sobre cómo viven de una manera fina, sobre cómo van a reuniones sociales en las que se embriagan con vino tinto y respuestas ingeniosas. Sus pomposas pañoletas blancas intactas, su manera de fumar elegante, sus viajes por el mundo llenos de historias asombrosas, amores instantáneos, con mujeres de la locura de las aves, poco duraderos, tallados en las memorias. Los artistas no faltan donde los poetas sutiles sobran.

Los poetas andan siempre con doncellas como musas; cuanto más rápido mueran es mejor para su arte. Saben canalizar su melancolía. Los poetas saben amar y las musas saben recibir su poesía. Hombres sutiles, hombres finos. Mujeres misteriosas, mujeres de trazos elegantes y humor preciso. Amantes sutiles, amantes coquetos, amantes finos, de palabras seductoras son los poetas.

Últimamente escucho mucho sobre poetas. Sobre vidas miserables, sobre agonías eternas, sobre cómo Hemingway atraía palomas en la plaza de Paris con el poco maíz que tenía sólo para cazarlas y tener algo que comer. Escucho sobre Baudelaire, sobre el infierno en carne que era Rimbaud, sobre la demencia que obligó a Poe a la extrema bebida, sobre la sífilis de Maupassant. Los poetas andan borrachos de la vida y del dolor, they have been born into this, son extremos en cada sensación, son depresivos y orgiásticos. Los poetas aman a las meretrices porque ellas los aman de vuelta. Los poetas aman a las putas porque ellas no los aman de vuelta. Los poetas son amigos sólo de Baco y de sus letras.

Últimamente escucho mucho sobre poetas, y sé que yo no soy uno. Yo no aprendí el arte de la improvisación. Mis palabras no riman, no tengo prosa ni arquitectura. Mis palabras no hablan solas, no cantan, no bailan, no brillan. Mis palabras no tienen talento social; ni siquiera se soportan solas. ¿Acaso no merezco amarte porque no tengo talentos? ¿Acaso el amor está prohibido para quienes no sabemos enfrentarlo con maestría?

Yo no soy un poeta. Mis únicas palabras son un enano que vive en mi estómago y que te escupo con formidable esfuerzo. Mi boca tiembla, mis manos tiemblan, mi garganta se ensancha y el dolor es insoportable. El enano me patea mientras sale, me deja mal sabor de boca. Me angustia que me impide respirar mientras se asoma y al mismo tiempo me recuerda el reflejo de las vísceras cuando quieren vomitar. Mi enano que será tuyo, esa cosa con plumas. Un enano jorobado que cae en un charco de sandeces viscosas, su joroba descubierta, su fealdad evidente. Alza la cara y te mira, mientras una sustancia amarillenta le obliga a cerrar su ojo izquierdo, y salta; cae con piernas abiertas, la derecha sobre tu dedo meñique con la única excusa de su infinita torpeza, brazos abiertos que lanzan bilis por doquier y grita, como queriendo fascinarte, “Tarán” mientras sonríe.

Pero el enano es feo. Es feo, torpe y maleable. Te abrazas a él como se abraza uno a la esperanza que tenía en el momento de la seducción. Yo que te amo menos como poeta y más como policía, te ofrezco lo único que en mis manos queda. Te ofrezco mi pistola, mi vigilancia, mis celos, mis inseguridades, mis cambios de ánimo, mis pesadillas, mi maldito tic de quiñar el ojo a todo aquel que me pasa por enfrente. Te regalo mi pistola; no, te la presto. Úsala, que está hecha de mis manos, y dispárala. Apunta a donde quieras, hacia donde prefieras. Apúntala a mí, y mátame. Apúntala a mi gorra y déjame libre. Apúntala al cerdo feo que es nuestro enano, y libéranos. Apúntala a ti, y mátanos. Acaba sus balas y devuélvela vacía. Haz con ella lo que plazcas, te la ofrezco con la única esperanza de que no la apuntes, de que no la devuelvas.

Felipe Cristancho.