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Empezar a escribir

Llevo las últimas semanas de mi vida pensando cómo debe empezar un cuento que verse sobre todas las cosas. El problema es mayor que eso, si acaso le parece poca cosa, porque no estoy seguro de que deba ser un cuento; puede ser una novela, un relato, un verso. De cualquier forma, no tengo claro cuál debe ser la primera palabra que el escritor elija para empezar su cuento sobre todas las cosas. Algunos de mis amigos más cercanos me dijeron que si meditaba en completa armonía durante el tiempo suficiente escucharía con total regocijo el sonido con el que empezó el universo: Hmm, humm o jum. No es que sean tres sonidos, porque puede caer en el error de pensar que el universo ha empezado tres veces, sino que, como usted está leyendo y no puede escuchar las palabras que lee, quise ofrecerle tres maneras escritas para que intente hacerse con – o asirse a – la idea del sonido que mis amigos hicieron con su garganta.

Todo me parece encantadoramente maravilloso y sorprendente para bien y para mal. A veces me tropiezo con nubes cuando me distraigo mirando piedras, con la poesía no escrita que es todo. También me duele que todo sea tan efímero, al menos para nosotros, y que no podamos vivir todo lo que es, o hay, ¡ay! Si un perro pudiera escribir como lo hacemos nosotros ¿cree usted que emplearía la misma palabra que nosotros emplearíamos para empezar el relato sobre todas las cosas? Yo no sé. Lo digo muy por encima porque estaba viendo al mío que ni siquiera aprendió a ladrar. Aprendió, muy bien eso sí, a dejarse querer. Con eso ya sabe más que yo que no sé ni la primera palabra del verso de todo. Allegados cercanos a mí y que me vieron tan fatigado con la pensadera me recomendaron leer de todo – no acerca de todo, porque nadie lo ha escrito – y hasta entonces nunca había sido tan devoto con la lectura. Leí novelas, ensayos, críticas, carteles, avisos, horóscopos, recetas, instrucciones, ingredientes, tablas, manos, mentes, tabacos, cuentos, subtítulos, astros y aunque no puedo decir que perdí mi tiempo, tampoco puedo decir que lo encontré, o que lo gané porque acá me lee usted; igualito a como estaba antes.

Tal vez esa última frase suene pesimista y no quiero dejar esa impresión en usted. Como la mayoría tengo mis momentos de tristeza, aunque nunca tan aguda como las de mis conocidos más cercanos, que se ponen suicidas cuando se pone o cuando sale el sol porque desconfían de la incertidumbre de la penumbra. Exagero. Aunque uno de ellos sí tiene la costumbre de dormirse una o dos horas mientras pasa ese momento las dos veces del día, todos los días, desde los seis años. Aparte de estos momentos en los que soy triste, la mayoría del tiempo estoy contento como mi perro, que me quiere como yo lo quiero o más, porque él se deja querer.

La vida y las palabras se hermanan tan bien que asegurar que después de escribir esto me voy a morir no es un acto de clarividencia, pero decir que mi muerte anunciada escandalizará a más de uno – si es que más de uno me lee – sería cuanto menos, profético. Puede que cuando usted esté leyendo esto yo todavía siga vivo, pero eventualmente moriré, de forma segura e inevitable. Ahora sí puedo parecer pesimista y le ofrezco disculpas, pero como les dije a mis extraños más cercanos: no quiero dejarlos sin zanjar cuál es la primera palabra del cuento de todas las cosas, porque tiene que haber una con la que se inicie todo. Y estoy contando con la buena suerte que me ha acompañado toda la vida para querer encontrar esa palabra dentro del español porque es cierto que puede estar en cualquier otro idioma, lo que multiplicaría el lío desafortunadamente. Al menos permítame creer que la palabra que inicia el verso de todas las cosas es española y si no es de estirpe bondadosa y quiere creer que la palabra le pertenece a otra lengua, deme el beneplácito de que sea traducible, con eso de todas formas la palabra traducida estará en alguna página del diccionario de español y nos ahorramos enredos.

Ahora que le tengo la confianza suficiente le debo confesar una cosa: estuve tentado a leer el diccionario, pero sólo lo ojeé. Lo hice así porque de otra forma sería algo parecido a la trampa, como llenar un crucigrama con las respuestas en la otra mano. En lo poco que vi había centenares de palabras, tantas que si usted nunca ha cogido un diccionario, no se lo podría imaginar. Todas muy buenas, de tal calidad que cualquiera tardaría años decidiendo entre una u otra. Aunque como acabo de decir no lo haré porque no me gusta el engaño, hacerlo de nada me serviría y de nada le servirá a usted si es que está pensando en hacerlo, porque digamos que la encuentra: después de encontrarla lo siguiente en su agenda puede ser celebrar, reír, llorar, gritar, bailar si quiere o – y creo que ya sospecha el quid del problema – buscar la palabra que acompañará en segundo lugar a la que inició el cuento de todas las cosas. Claro que, si ya tuvo la valentía de buscar la primera en el diccionario, puede estar tentado a hacer lo mismo una segunda vez esperando el mismo resultado exitoso, pero le apostaría que no se ha puesto a pensar todo lo que yo cuán largo ha de ser el cuento de todas las cosas.

Tomás Tello

  1. Anónimo dice:

    Me gusto mucho este escrito..
    Me gustaría conocer otros que se que serán interesantes. GRACIAS!