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Ensayo desautorizado: sin dueño ni permiso

 

No sé si humana o inhumana, o hastiada de humanidad, pero soy persona en todo caso. Máscara de mí
misma. Cierro los ojos para verlo todo, me dispongo a articular una-frase-tras-otra, a ensayar de alguna
manera…y…
Comienzo ensayando una prosa y me pierdo del poema porque la rosa no está en la palabra “rosa”. Quiero
decirlo: en el poema no se viaja, el poema no es nada más que el lugar donde se evoca y se desconoce. Me
atrevo a decirlo, me atrevo a algo que luego no podré defender. Me atrevo a perder la poesía aunque nunca
haya sido mía.
Recuerdo ese ir y venir de una idea que viaja en un sonido, en algún acorde viejo de guitarra, en aquella
mujer esquizoide que balbucea la gran duda de esta savia vital y arcana que retumba a través de los ecos originarios,
esos que vibran sobre las selvas de América. Me río, pero me pongo en contexto: sí, soy americana. Y soy una
raza extraña de mezclas indisolubles, busco a mi padre y no me reconoce, busco a mi madre y la veo
agonizar en silencio.
Más importante que la posibilidad de la palabra escrita o del relato configurado como tal, y de la necesidad
de plasmar –de poner por escrito a manera de creación–, está el reconocimiento de toda una cosmogonía
que implica un viaje hacia el encuentro con las fuerzas ocultas.
Y es partir de esta creación que parece más una concepción in vitro, que cuestiono el hecho de que la
Academia –sí, sí, con A y con mayúscula– no comprenda el ultraje que la palabra castiza pretende con su
necesidad arbitraria de nombrarlo todo, de reemplazar el horizonte eterno donde yacen nuestras ruinas por
universos artificiales y formales que nos obligan a ensayar a su manera. No vale el espacio de esta hoja o las
que siguen para el eterno discurso que defiende a la oralidad como quien defiende a estas alturas a los
negros que arrancaron de un útero violado. Tampoco me iré por ismos, prefiero cortar cada palabra como
quien pela un mango y encontrar esa savia verdadera que no necesita de frases rimbombantes, y que es
capaz de revelar los códigos en los que se cifra esta tierra. Yo apunto hacia una conciencia que determine la
naturaleza de lo que realmente estamos creando.
Intentaré los Estoraques –mayúscula mía–, ¿sabe usted de qué hablo? No me sorprendería que no supiera
que en Colombia hay gigantes de tierra en un desierto, convertidos en Parque Nacional Natural, cerrado
desde hace 10 años. Y que sobre esos gigantes se han edificado un par de poemas, llenos de versos y polvo.
Y ahí siguen, con toda la información de esta tierra enferma, y hasta allá subí, sin permiso, y desde allá

bajaré sobre este manuscrito, sin permiso, desde esos estoraques para formar palabras, caeré desde ese
templo que evoca muerte y tiempo. ¿Pero qué escribir? Si no todo lo ha dicho Cote, lo que quedó sin decir
ya se sale de cualquier posibilidad que ofrezca el lenguaje, este lenguaje escrito, estas letras que nos
cambiaron por oro. No en vano está cerrada la entrada a ese místico lugar: “por seguridad”. Y por esa
misma seguridad es que debemos abrir los huecos en búsqueda de alguna raíz que todavía hable, ¿será
posible?
Me obligo a formar las partes de una visión, como quien va uniendo las fichas espasmódicas de un sueño
recurrente, hasta crear sin saberlo –hasta recrear– un vestigio íntimo de mi paso sobre esta tierra, sin que se
haga extraño y me permita rebelarme, a manera de queja, contra la palabra y toda creación humana. Será
extraño porque a pesar de todo, no me excluyo de nada, estoy dentro, los márgenes respiran pero no hay
manera de alcanzarlos para decir “estoy afuera”, porque mi tiempo, el nuestro —el tiempo de los
hombres— no es el tiempo de allá, no es el tiempo estoráquico, no es nada en realidad del tiempo, y tampoco
sabe de los vientos ni de la muerte, no sabe siquiera que es hijo del hombre.
La jungla onírica de América abre un espacio vacío que, a través de lo primitivo y lo sagrado, me permite
visualizar el sueño donde la eternidad grita ¡existo! a los oídos sordos. La mención de cosmogonías podría
entonces dar mayor veracidad a mi relato pero no me interesa porque finalmente, ¿qué es real? Nada
impide el ansia del todo y la nada, del vacío en el que el absoluto circunda, porque querido lector mío, la
magia sigue a pesar del encierro, te presento otro pedazo de la vida. Entonces ¿por qué hablar de ensayar?
Porque dentro de este lugar, de esta hoja donde hasta el presente es incierto, el tiempo y el espacio son
dueños de su propia dinámica, son entes autónomos que se inflan con la importancia que les damos en la
vigilia. Esto es un ensayo frente a un nuevo mito, un nuevo origen, el de ser un sueño soñado por algo
supraterrenal, el sueño soñado por los minutos que pasan sobre este manuscrito. Y no quiero citar,
QUIERO PLAGIAR, y es que en algún momento Dios dejará de soñarnos.
Estando allí, habitándolo, comprendí su poema. Sólo habitando el espacio –no escribiendo– comprendí la
vana necesidad de este humano pusilánime por darle nombre a los vientos que arañan aquí y allá y cuyo
linaje viene de los laberintos de tierra erosionada. Igual no lo entendemos. Pero el problema no se trata de
Cote, ni de Carranza ni de ningún otro apellido convertido en arquetipo. No se trata de poesía ni de
filosofía, ni de ninguna academia con minúscula. Se trata de la de-construcción del yo imaginario que hace
del hombre un hombre, y del cual jamás ha querido apoderarse… pero lo hizo.
Hay que crear una palabra que devore esta forma repetida de habitar el mundo. Un juego de metagramas
que de-construyan todo lo que hemos creado a partir del lenguaje. Una palabra parecida al silencio, una
palabra en forma de caníbal. Y que ese silencio y lo que queda de aquellos acordes viejos de guitarra
devoren toda creación humana junto con la mujer esquizoide y el GIGANTE, ese con mayúscula: el adicto a bautizar

Título: Ensayo desautorizado: sin dueño ni permiso
Autor: Natalia Roa Aparicio
Año: 2013
Correo electrónico: natalia.roa.a@gmail.com