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Espejos a través del Tiempo

Crecemos pensando que nuestro aprendizaje en el camino es el más apropiado, que el sendero pone sobre el paso las caídas y los dolores, como un irremediable reconocimiento de nuestros errores. Vemos a esa conciencia naciente como nuestra bandera, egocéntrica y divisoria, la que sana las heridas y que nos hace estar cada vez más sumisos frente al devenir.  Dejamos atrás esa forma de vivir como cuando éramos niños, es por eso que al encontrarnos con uno de estos paganos, vemos en su locura la más inocente cara del camino. Pero en realidad es la muestra del falso aprendizaje que se guarda en nuestra conciencia. Los niños pueden encontrar en la sencillez la transcendencia más hermosa, desde la pequeñez contemplar el universo. Es un estado “primitivo” de conciencia, de ser. Pueden crear el espejo de un mundo que los adultos evitan y aborrecen. Están retornando y elevando ese sentir humano que nos hizo caer y levantarnos, sonriendo de antemano, asustarnos de la noche y cantar a gritos el miedo. Nos muestran esa locura que alimentó los más grandes inventos. Tienen esa capacidad de hermosura que se pierde al entrar a los confusos esquemas de Occidente que se encargan de achicar el alma.

 Espejos a través del tiempo

Fotografía tomada por Santiago Caicedo Torres – Isla del Sol – Lago Titicaca, Bolivia  2013

 Dentro de este mundo inquieto, donde la esperanza es utopía, al nacer, prendemos un fuego. Este mundo está embarazado de muchos otros mundos. Y esa luz primera que encendemos, puede ser más claridad para nuestro paso que cualquier otra. Hijos nuestros son las creencias y las creaciones, pero al nacer emprendieron esa locura que apagamos cuando las dejamos caer en el juego de la conciencia. Perdieron esa intuición que tuvieron en el proceso de crecer, por la cual se estructuraron esquemas que no se moldearán más, y así mismo pasa con nosotros dentro de nuestro crecimiento. Olvidamos ser ese juego que alimentó la imaginación, la que creó seres y espacios mágicos e impredecibles dentro del común de nuestra alma, esa alma que dejamos atrás, y que para poder retornar a ella nos cuesta una vida entera. Pero si somos silenciosos y cariñosos podremos en algún momento vislumbrarla en los ojos de alguno de nuestros mayores, de los abuelos, a los que el sistema considera obsoletos. Si silenciamos esa voz que no se detiene y escuchamos atentos sentiremos esa caricia de haber vivido ya el mundo, dentro de la niñez que se aguarda en la vejez. Veremos esa locura que nos ata a la alegría. La que está guardada en los viejos y en los niños, es la misma.

 

Santiago Caicedo Torres