Registrate acá

Frente a una ventana

La mañana en que se despertó por primera vez junto a ella no pudo dejar de sentir que Clara ya no habría de moverse de allí nunca más. Se levantó teniendo cuidado de no despertarla y caminó despacio hasta la cocina, en donde se puso a preparar el café. Con la taza humeante entre las manos, sin haber tomado aún el primer sorbo y respirando con pereza los vapores dulces, se preguntó si todo habría valido la pena. En la sala, sobre la mesa en que también descansaban los pedazos de una copa rota, las dos botellas de vino que habían bebido le inyectaron en seco la resaca que hasta ahora no había sentido. Volvió al cuarto y la observó respirar despacio entre las sábanas azules. El aire olía a ella. Supuso que ese sería el olor que lo esperaría siempre al llegar a casa, incluso cuando ella estuviera ausente.

Nunca antes había estado tan cerca de ser rechazado. Seis meses de angustiosa espera, de mensajes cuya respuesta a veces tardaba días en llegar, cuando llegaba, de muchos cigarrillos y algo de vino en las noches en que su imagen le impedía conciliar el sueño. Ahora ella estaba allí y no quedaba nada más por hacer. Había ganado, pero ¿qué? Recordó el contenido de algunos de los muchos mensajes que le había enviado, las promesas imposibles, el ritmo preciso y cadencioso con que había redactado cada uno de ellos; la ansiedad, el chorro de adrenalina que seguía al momento en que el globo rojo se hinchaba en la pantalla del computador, indicándole que ella le había escrito algo, cualquier cosa, no importaba qué; los puñetazos rápidos del corazón.

No tardó en darse cuenta de que lo único que no podía recordar con precisión era ella.

Un suspiro se escapó de los sueños de Clara, y su pecho se hinchó despacio hasta que no le cupo una gota más de aire. Andrés no sintió ni siquiera una punzada de deseo. A pesar de las sombras que acentuaban los contornos de su espalda, del reguero de pelo amarillo que se esparcía hasta más allá del fin de la almohada y del aroma embriagante que flotaba en el aire, del sueño ya soñado tantas veces en esa misma cama, no llegó nada. El vacío. Se sintió decepcionado aunque no supo si de ella o de sí mismo. Intentando hacer algo de ruido para despertarla, entró al baño y giró la llave del agua caliente. Antes de meterse en la ducha calculó que la temperatura del agua estuviera en el punto exacto. Le tomó tiempo, pero al final el chorro quedó como le gustaba, un poquito más y me quemo. Los músculos se le distendieron y, justo cuando le llegó el primer escalofrío de placer y sin darse cuenta, dejó de pensar en esa extraña que al parecer seguía durmiendo en su cama y que decía llamarse Clara. Entonces pudo planear el día. Iría a recoger al perro en la casa de su primo y luego lo llevaría al parque, en donde leería hasta que notara los primeros indicios de hambre. Llevaría al perro de vuelta, compraría la comida del almuerzo -quería carne- y luego regresaría al apartamento, cocinaría y se tumbaría a leer el resto de la tarde. Hasta podía tomarse unas cervezas. Era domingo.

Todo se derrumbó cuando abrió la puerta y la vio allí, en la misma posición en que la había dejado, indiferente a sus movimientos y con una especie de sonrisa plácida instalada en medio de sus sueños. Supo que ahora todo dependería de ella. Antes de salir decidió dejarle una nota sobre la cama. La vista del papel en blanco le devolvió algo de la emoción que hasta entonces había echado en falta. Como para darse ánimos pensó en escribir algo erótico, algo que tuviera que ver con la emoción de verla allí, desnuda en su cama, envuelta en el manto de la que él llamaba su belleza imposible.

En esas estaba cuando se oyó la voz, ven, arrúnchate conmigo, tengo frío. Tenía el nuevo acento de ternura que le había descubierto, no hacía muchas horas, después de que hicieran el amor por primera vez. Él también sintió frío. Antes de acostarse junto a ella caminó hacia la ventana y espió a través de las cortinas. Una suave llovizna pintaba al pavimento de negro, mientras un hombre se alejaba cojeando, calle abajo, cargando un enorme costal sobre los hombros, y dentro del costal tal vez algo que él había desechado y que el hombre había rescatado de la basura: el borrador de la carta final, la carta que la había llevado a la habitación que ahora compartían. Sin saber muy bien porqué, prefirió quedarse allí, viendo alejarse al hombre entre la lluvia.

Gilberto Azur