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La Isla Negra

En la última casa que queda en Isla Negra, una mujer bebe en la oscuridad y espera su muerte.

Se llama Rita. Tiene los ojos azules y la sonrisa perdida.

Rita mira por la ventana y ve un árbol negro, y detrás el arrecife, y debajo el mar.

Se pregunta por qué de repente ese árbol se ve tan negro. Raspa con fuerza un fósforo y enciende una vela para pensar en otra cosa.

Es la última casa que queda en Isla Negra, porque a las otras se las han comido el salitre y los Tigres. – Nadie sabe de dónde salieron los primeros Tigres, pero ahora hay muchos y Rita los ve tomando el sol en la playa por las mañanas.–

Todos abandonaron Isla Negra, todos menos Rita, la pobre Rita, que se levanta sola y camina sola y duerme sola, y lleva veinte años esperando su muerte.

En la oscuridad empiezan a desordenarse las sombras. No tardan, piensa Rita, llenando nuevamente su vaso y encendiendo un cigarrillo.

Fue la mañana del séptimo cumpleaños de Rita cuando empezó a morirse la gente.

La señora Cartago había enfermado algunas semanas atrás. Dicen que no comía, que no dormía y que hablaba sola por toda la casa. Dicen que gritaba de miedo, “¡ahí vienen! ¡ahí vienen!” y corría por toda la Isla gritando “¡vienen los Primeros Muertos!”, con los ojos muy abiertos y las manos apretadas, “¡ahí vienen, que Dios me ampare!”

Todos pensaron que estaba loca. Los Primeros Muertos habían estado enterrados en la parte baja de Isla negra durante más de una década. La mañana del cumpleaños de Rita murió la señora Cartago. La semana siguiente enfermaron sus tres hijas. Les sucedió lo mismo: el hambre, la vigilia, los delirios, los gritos. Murieron las Cartago. Los isleños quemaron su casa, su ropa, todas sus pertenencias en un intento de contener la enfermedad, pero ya era muy tarde: en toda la Isla ocurría lo mismo, “¡ahí vienen!” El panadero, el banquero, las hijas del capitán, “¡vienen por mí, vienen por todos!” Los jardineros, las sirvientas, “¡los Primeros Muertos, ahí vienen!” El cura, el gobernador, La madre de Rita, “¡que Dios me ampare!”

Se apagó la vela. Rita se levantó y encendió otra, mirando por la ventana, confirmando con tristeza que también el arrecife se había convertido en una mancha negra en el horizonte.

El viento hace silbar las grietas de la última casa de Isla Negra. El aroma de los Tigres consuela a Rita, pero no la deja dormir.

Los Primeros Muertos habían sido también los primeros habitantes de Isla Negra. Habían nacido ahí, habían crecido ahí. Habían cultivado la isla, habían pescado en sus aguas, se habían enamorado en las calles de Isla Negra y en esas mismas calles habían sido asesinados. Los mataron los Segundos Muertos. Un día, llegaron varios barcos cargados de los Segundos Muertos. Los Primeros Muertos los recibieron bien y les permitieron quedarse en Isla Negra. Los Segundos Muertos traían planes de grandes cambios para el futuro. A los Primeros Muertos no les gustaba el cambio. Uno a uno, los Segundos Muertos exterminaron a los primeros. Los mataron a todos y los enterraron en la parte más baja de Isla Negra, por la misma época en que empezaron a aparecer los Tigres.

Rita podía oírlos. Se acercaban a la casa. Vació el vaso de un sorbo y lo volvió a llenar. Cada noche esperaba su muerte, pero nadie venía por ella.

Rita volvió a mirar por la ventana, para encontrarse con la mancha negra que era su mundo. El árbol, el mar, el arrecife y el cielo, todo una gran mancha negra, ¿Por qué?

Porque la noche llega y todas las cosas se oscurecen.

Rita se estremece. La siente surgir de la penumbra.

Ella era la única que entraba en la casa. Rita nunca la veía, pero no le hacía falta verla para saberla sentada ahí, frente a ella, esperando a que Rita le sirviera un trago.

Rita sabe que tampoco morirá esa noche. Llena su vaso y sirve otro para su muerte. El cristal de la ventana se empaña y Rita adivina las sombras de todos sus muertos, los primeros y los segundos, los que siguen en la parte baja de Isla Negra y los que fueron desenterrados y devorados por los Tigres, todos, todos la miran por la ventana, por las grietas que ya no silban con el viento, por debajo de la puerta, por entre las tejas de barro. El vaso de la muerte se vacía lentamente, hasta que sólo queda un sorbo. La muerte se levanta de su sombra y se deshila en el aire frío.

Las horas pasan en silencio. Los vasos se llenan y se vacían. La mañana llega. El mar ya no está negro, ni el arrecife, ni el árbol.

Rita se levanta. Recoge los vasos y pasa frente a la esquina oscura de su muerte,

–       Vuelve a visitarme.

Abre la puerta de su casa y sale a ver a los Tigres, que llegan perezosamente a la playa, y se estiran sobre la arena blanca y son los reyes de Isla Negra.

María del Mar