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La Joda de los Vivos.

“La tradición dice que los ojos no ven más de lo que el cuerpo puede sentir”.

– Del manuscrito, recibido el 3 de junio.

Dedmont no parpadeó más. El sol ya había pasado por encima de la cabaña y no dejaba de enrojecerse mientras él tenía el corazón y los pulmones en las manos, y los ojos cerrados. Cerrados detrás de la cinta que los ocultaba, detrás de las carcajadas ahogadas fuera de esa cabaña sólo para él sin luz. Ya no parpadeaba más, más allá de la negrura, y se dedicó a exhalar e inhalar el polvo del campo encerrado en la choza. Acá dice que, quizás, oyó una mosca.

Más o menos así dice la historia: fuera del cobertizo, o cabaña, no puedo asegurarlo, los golpecitos contra la puerta y la alegría ajena lo instaban a que continuara con su misión ni siquiera considerada todavía; tal era el impulso de la juventud por verse comprometida, aparentemente, con los rasgos de la adultez sin tener que responsabilizarse de ellos. Dicen que Dedmont suspiró mientras se pasaba una mano por el hombro sudoroso e inseguro. Luego, dijo en voz alta:

— No siento que a ella le interese lo que está pasando, chicos – como para que el grupo del exterior lo oyeran claramente. –. No oigo nada. ¿Es Ludy? Porque si es ella, esto no es gracioso.

– ¡Que Ludy ni qué Ludy! – respondió uno de los amigos que había parado de reírse. –. Si no encaras ahora, no vas a tirar nunca. Vas a ser de esos jesucitos para siempre.

– Como para pintarte de santo, Deddy – añadió otra entonación masculina (nombrada Mantre en estas letras) que provocó el carcajeo infantil del resto del grupo. Jesús no tuvo la culpa del percance. Pero de todos modos, Dedmont empalideció en el calor.

– Sí, ya todos pasamos por eso. Es tremenda cosa, le haces pam pam pam y ya… es tener el control – había dicho la primera voz, en otra ocasión. –. Como poder manejar el aire – En la memoria de Dedmont, la voz apoyaba el vaso ya vaciado de alcohol sobre la mesa. Alcohol para almas jóvenes.

– ¿Y qué tal es? ¿Lo metiste de una o tuviste que practicar de antes?

– ¡Práctica! Sí, con una manola. Con otra cosa no se practica, Deddy.

– Y Ludy, ¿es virgen?

– No sé, deberías averiguarlo por tu cuenta. Ya es hora, ¿no? – Insistió Mantre en su época. – Después de esa historia en el cementerio, creo que la tenés toda en tus manos. ¡Sos un virgen, Dedmont!

(La historia del cementerio no había sido más que la intromisión de un grillo en el vestido de una Ludy erótica y asustada. Pudo haber sido más interesante: yo supe, por ejemplo, que los ancianos de por allá decían que a medianoche se oían gemidos pegajosos entre las flores y los muertos de las lápidas del lado derecho de esa carretera por la que caminaban Dedmont y sus compinchitos). Anduvieron horas por la carretera de tundra que los rodeaba. Allá, el paso del tiempo les trajo, al fin y al cabo, el verano, las plantas derretidas y el silencio de las tumbas. Dedmont no se vio así de provocado por el aumento de la temperatura, y mucho menos por las nuevas ventajas de la piel que la edad finalmente afinó contra los músculos: la novedosa altura de la espalda recta, el rostro y el pecho contorneados casi con finura en un claroscuro de pelo y tostaduras inusuales en el norte de aquél mundo. Norte que no le fue bienvenido.

A su edad tampoco se consideraba un fiel lector literario más allá de cierta afición que tuvo en su infancia por el Antiguo Testamento, para mi sorpresa[1]. La exactitud de estos textos es palabra sobre la que no tengo autoridad. No interesa. Con el crecimiento de los pelos, todo este discurso se fue dejando atrás progresivamente. Y de esas creencias que parecieron ser eternas en la infancia, de todos esos vellos cambiantes, Ludy fue lo único constante en su cabeza.

Dentro de la cabaña, sucedió que los ciervos del Cantar[2] se perseguían, invisibles, en un terreno divino donde la adolescencia aún no existía para los mortales. A sus diecisiete años, en la oscuridad, Dedmont quiso mantener ese estado para siempre. Por eso, se acercó cuidadosamente a donde le habían indicado que estaba la cama, se arrodilló ante el colchón que el tacto y el olfato de joven le indicaron que tenía al frente. La camisa que se deslizó por su torso lo dejó expuesto a un frío inesperado, a luciérnagas escasas y un ocasional grillo que se exponía en el silencio de quienes espiaban desde afuera. Según sé (y supongo que tiene sentido), se vio a sí mismo subyugado ante el mutismo de su compañera y a una forma de respirar que no sabía si era suya, de ella o de ambos, pues la falta de visión ya lo tenía confundido y la imaginación sobrepasaba la memoria de los textos leídos. Así rompían el hielo por esos lares: sin ver. La impotencia era inevitable. No podía deshacerse de la venda tapa ojos, por tradición. Porque ser joven es hacer tratos con la adultez sin compromisos, sí; pero entonces Dedmont ya estaba entregado: aproximó la mano al brazo de piel sobre la cama, y esperó. Cito: “Ludy se había asustado en el cementerio hacía un mes, cuando uno de los del grupito hizo un ruido a lo lejos y ella pensó que un fantasma los estaba acechando. Pudo haber sido eso, o un simple insecto entre los pies de la chiquilla. Ella se aferró a Dedmont con poca sutileza, lloró sobre su hombro y le agradeció que la hubiera sacado de ahí a tiempo. Qué bueno que fue a tiempo. La tenía en sus manos, era toda suya”. Y en ese entonces también tenía la “toda suya” en su poder.

Estaba todo desabrochado e intensificado en el cuerpo y el fluir de la sangre cuando pudo montarse sobre el cuerpo, y todo era tensión y arritmia. Poco sé (supo) acerca de dónde sacó la fuerza para inspirarse tan físicamente de la forma en que lo estaba haciendo: deslizó las manos por el abdomen y las ingles para asegurarse de que todo funcionaba como la imagen implícita lo sugería; ¡encaró!, como le había dicho el de afuera que hiciera. Debajo de él la piel respiraba. Zumbó una mosca. No iba a preguntar su nombre mientras la besaba y trastornaba las sensaciones de su cuerpo, en aquél torbellino de pelos y ligera divinización. Se quejaron los mantras, los rezos, las Ludys y los ciervos olvidados cuando embistió contra el cuerpo, definitivamente, con el grito de la juventud victoriosa: un aullido similar al que oyó en el bosque mientras los pies de los espectadores se alejaban, aterrorizados hasta provocar la fascinación de Dedmont, al verse regresado a la realidad de los cuerpos. ¿Y qué hago yo con esta pieza?

La química y la noche me (le) dijeron que algo no era propio del bien. Se destapó los ojos y entre los ecos observó a quien abrazaba con las piernas y el sudor del sexo: empalideció tal como las iris poseídas de la mujer de piel cetrina y rota, rota de verdad, consumida en su propia tierra hasta lo que Dedmont había creído que era una flacura inusual; una penetración que, en el vómito del tacto actual, hubiera creído que se trataba de alguna inmundicia inversa a “la deseadísima Primera Vez”, de músculos secos por falta de incitación. Un cadáver lo miró y volvió a parpadear mientras extinguía su aire para regresar a la muerte: los miembros dejaron de tocarlo y volvieron a estirarse sobre el colchón; el pecho raquítico, a carne viva, quedó paralizado hacia Dedmont, pero muerto al fin. Ludy y los demás rieron a lo lejos. No sé qué fue de la mosca; y Dedmont no supo si el fantasma lo había acechado hasta allí desde el cementerio. Callado y desgarrado dispuso de su propio cadáver sin juventud al salir corriendo, desnudo y penetrado, a perseguir los gritos sin cuerpos que aún sonaban en el bosque.

Título: La joda de los vivos

Autor: Maru Lombardo

Año: 2013

Link portafolio o correo electrónico: marustereo@gmail.com



[1] Si acaso, también lo atrajeron los textos místicos que interpretaban la unión carnal como esa transición desde el mundo bajo el sol hacia la existencia detrás de aquella estrella: el camino hacia la compleción del espíritu.

[2] Me parece a mí que debe referirse al Cantar de los Cantares, de Salomón. Desconozco cómo tomó posesión de un texto así.