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La petite mort

Ya sobre la cama, completamente desnudos, Sara y Carlos se besaron por última vez antes de introducirse cada uno su pequeña cápsula marrón entre los molares. Ambos se habían imaginado ese momento suficientes veces como para decepcionarse de la realidad. Nada parecía haber cambiado: el silencio era el mismo, la excitación no aumentó ni disminuyó, no se detuvo el tiempo y el ruido de la calle siguió contaminando sus oídos. Sólo la ausencia del condón, que solía aparecer en escena a esas alturas del encuentro, dialogaba con las fantasías que habían tenido durante los últimos meses.
Después de unos segundos de silencio, consiguieron retomar lo que habían empezado. Se apretaron el uno contra el otro y, con las yemas de los dedos, Carlos recorrió el cuerpo de su novia lentamente, buscando marcarla, cubrirla de sus huellas digitales. Ella se arqueó bruscamente apenas esos dedos fríos le tocaron los pezones y sus piernas rodearon el cuerpo que la cubría por completo. Con una sonrisa entorpecida por el pequeño bulto que tenía dentro de sus muelas, lo atrajo hacia sí pidiéndole con la mirada que la penetrara de una vez. Entonces, Carlos la embistió fuertemente, despertándola por dentro y haciéndola gemir. Estuvo a punto de apretar la mandíbula, pero logró recordar que debía mantenerla quieta. Lo mismo le sucedió a Carlos, quien decidió recurrir a sus manos para hacer la fuerza que su boca estaba obligada a evitar. Sara sintió los rasguños en sus muslos y se apretó contra su novio con más fuerza deseando atravesar su piel, convertirse en un parásito dentro de su pecho. Demasiados meses de ausencia le habían sembrado en el cerebro la angustia de no volverlo a ver.
Se voltearon y ella quedó arriba, era la manera que él tenía de pedirle que lo relevara. Empezó a moverse, primero lentamente hacia delante y hacia atrás y, luego, mucho más rápido, en círculos. Carlos cerró los ojos, pero los abrió inmediatamente. Las imágenes llenas de polvo lo asechaban de nuevo. Sara aceleró más el ritmo y sus ojos volvieron a cerrarse: la sinfonía de los disparos, los cuerpos que caían con un sonido sordo, el llanto y la tierra entre los ojos, la boca, la piel, la vida. Los abrió de nuevo cuando su novia se inclinó y comenzó a respirarle en el oído izquierdo. Aferrado a ella, se mantuvo a salvo de la memoria durante un rato.
El temblor de ambos cuerpos aumentaba anunciando el momento que tanto tiempo llevaban planeando. Carlos agarró la cara de Sara con las manos y la puso contra la suya como si fueran a besarse, pero no podían hacerlo. Siguieron así, frente a frente mientras movían sus pelvis a un ritmo animal, mezclando su sudor, acercándose al final de ese extraño y desprotegido sexo sin besos.
Sara cerró los ojos por unos segundos y, al abrirlos, miró a Carlos con decisión. Entonces él comprendió que había llegado la hora. Respiró hondo y aceleró sus movimientos al máximo. Sara sintió que todo su cuerpo estallaba y comenzó a gritar como pudo. De repente los cuerpos se tensionaron en un orgasmo simultáneo: crack.
La muerte cerebral vino primero y, a los pocos segundos, los corazones dejaron de latir.

Título: La petite mort
Autor: Laura Vargas Zuleta
Año: 2014
Correo electrónico: lauravargasz@hotmail.com