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La tetera de Russell [1]

Cuenta la historia, que hace varios cientos de años, la voz de Dios hizo temblar las laderas del Rin a la altura de Ensishiem.

Dicen, quienes la escucharon, que aquel murmullo etéreo, que retumbaba con la furia de todos los volcanes conocidos, anunciaba grandes cambios en la región. Sin embargo, sólo un niño logró advertir la enorme bola de fuego, que más que un presagio celestial, se veía ante sus ojos como un santo escupitajo.

Así pues, el joven testigo de tan magnífica expectoración no dudó en seguir el rastro del objeto cuya estela lo guiaba hasta un campo de trigo, cerca de la carretera que, desde el sur del pueblo, llevaba a sus caminantes hasta Battenheim.

Enterrado en un agujero de más de 5 metros de profundidad, el muchacho encontraría, aún incandescente, lo que en su mente se convertiría en la imagen de la santísima flema rodeada de algunas pequeñas secreciones más.

Esa noche, aquel niño volvería a casa con un pequeño fragmento físico del cuerpo de Dios, y no me refiero a ese remedo insípido de masa que te dan en la iglesia.

Comentan quienes recuerdan, que al día siguiente el mismo chico guiaría a Maximiliano I de Habsburgo hasta el lugar en donde aún se encontraba el fragmento más grande. Un año más tarde, éste sería declarado Emperador Romano Germánico.

En cuanto al pequeño, guardaría la diminuta roca con un profundo aprecio que a través de los años se perdería en la indiferencia y posterior ignorancia de sus descendientes.

Mucho tiempo después, por azares del destino, el moco de Dios, en cuya composición se encontraba la fórmula del material conocido como porcelana[2], acabaría en las manos de un fabricante en la ciudad de Sèvres, cerca de París, quien lo convertiría en una tetera cuya magnífica insignificancia sería superada sólo por su increíble normalidad.

Varias décadas después, y gracias a la desdeñosa persistencia de algunos mercaderes y a la admirable ignorancia de algunos compradores, la tetera terminaría ocupando un lugar en la estantería de Lord John Russell en Pembroke Lodge, cerca de Richmond, Inglaterra.

Allí, un joven Bertrand Russell pasaría largas tardes en el jardín, inundando sus pensamientos en la deliciosa textura de un té caliente, servido directamente de la pieza de porcelana hecha con la flema de Dios, siempre a las 5:10.

Supongo que el destino es caprichoso puesto que, después de haber sobrevivido durante más de un siglo, la tetera se rompería poco después de que Bertrand abandonara la casa.

Sin embargo, a inicios de la década de 1950 el recuerdo del utensilio que durante tantas tardes llenaría su taza con la dulce alegría de un té vespertino en casa de sus abuelos, se anclaría a la mente de Bertrand en donde gracias a la deriva del pensamiento humano volvería a su lugar de origen, una órbita elíptica alrededor del sol entre Marte y la Tierra.

Andrés Ardila



[1] En 1952, Bertrand Russell describiría en un articulo no publicado para la revista Illustrated  una analogía acerca de la existencia de Dios mediante la cual se pone en duda la refutación de la inefabilidad divina desde el escepticismo. El siguiente es un extracto del articulo: “si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del sol en una orbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios mas potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en los libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.

[2] Material de origen oriental cuyas bondades habían dado de que hablar en toda Europa durante los anteriores 700 años y del cual, su singularidad había sido infructuosamente imitada hasta hace un par de siglos.