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Angosta inmediatez

No ha despertado. Aún no le da vuelta al reloj. La arena permanece estática, apilada en forma de pasado, o de futuro. Cualquiera, no importa. Mientras permanezca así, el tiempo no corre. Él sólo yace inconsciente entre recuerdos, ilusiones y temores teatralizados por la imaginación.

Eso que llamamos presente es, en definitiva, una ilusión. Todo momento presente se nos escapa antes de que intentemos vivirlo conscientemente, pensarlo. Despertaba. Era tarde. No oyó el despertador. El reloj dio la vuelta. La arena empezó a correr. El tiempo. Cada momento que estamos a punto de vivir forma parte del futuro y, cuando lo hemos vivido, ya es entendido como pasado, como un momento que pasó.

Instantáneamente, la arena avanza. Ya el primer grano, casi sin darse cuenta, ha atravesado ese filtro angosto del centro, esa delgada línea que lo separa de un fue y un será. No se detendrá hasta que, hecho todo su recorrido, llegue al otro lado del reloj. Él se apresuraba. Si llegaba tarde de nuevo, lo despedirían. Se bañaría rápidamente pero no habría tiempo de afeitarse. Debía estar en la oficina en quince minutos. No tenía para taxi.  –Tomaré un bus –, pensaba mientras agarraba una manzana para comérsela en el camino.

Es decir, ese mínimo instante al que podríamos llamar presente es una brecha en el tiempo a la que no tenemos acceso. Salía corriendo de su casa. No había tiempo para cerrar con llave. –Nada pasará, lo sé – pero sabía que se mentía. Estaría intranquilo hasta que llegara a casa.  Si intentamos tener consciencia de ese instante, ya ese instante ha pasado. Y así, el presente sería, entonces, una sucesión infinita de momentos que supera nuestra naturaleza; infinitos momentos a los que conscientemente sólo podemos acceder como intención o reacción en tiempo futuro o como memoria en tiempo pasado. La arena corría, despiadada. Ese espacio de un “pasado” se iba vaciando cada vez más e iba quitándole espacio al vacío de un “futuro”. Todos los granos podían vivir por un instante. Justo antes de llegar, lo anhelarían, y justo después de pasarlo, lo extrañarían. El centro. Cada vez más angosto en nuestra realidad. Menos instantes vivos. Y a los pocos que ya habían llegado al fondo, sólo les quedaba esperar para volver a formar parte del mecanismo. Mientras tanto, estarían muertos, estáticos.

Ahora, dentro de esta temporalidad, pasado y futuro son también entidades ilusorias. Son vacíos permanentes que, sometidos a la subjetividad de cada uno de nosotros, se llenan y se vacían permanentemente con infinitas estrategias distintas. Ya veía venir el bus. Como lo había previsto antes, estaba lleno. Tenía doce minutos y quince segundos. Catorce. Trece.                  Diez. -¿Llegaré? –  Así, si entendernos como seres de presente es un desatino, hacerlo como seres sujetos a un pasado o un futuro es una falsedad. En realidad, somos seres de inmediatez. Arena que pasará. Arena que pasó. Algunos granos simultáneos. Ese instante. La vida. Nuestro “ahora” no es más que la aceptación de estar condenados a ser seres insertos en el instante temporal inmediatamente posterior al que nuestro cuerpo experimenta. Un reloj que busca un equilibrio. Nosotros aumentamos su vacío, él angosta su centro. Vacío. Lo único que permanece. Lo real. Nosotros. Es decir, pasado y futuro simplemente cumplen una función de contenedores. Son aquello anterior y posterior que encierra ese instante no-presente que representa nuestra temporalidad.

Llegaba. Dos minutos tarde. La mirada del jefe. Lo inevitable. Otro largo día de trabajo. ¿Qué pensar? –No llegaré tarde mañana… Debí haber echado llave –.

Pablo Obando