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Balbuceo y confesión

Un espasmo tras otro, una convulsión tras otra. La melodía que producen las carnes en su eterno y dinámico camino a la descomposición. La angustia, el alma, el concepto, la percepción, el arte, la naturaleza, el dinero, el pan, el vino y el sexo. El ser humano girando la rueca del destino y tejiendo, uno a uno, sus delgados y frágiles pensamientos como hilos de cristal. La sangre que brota constantemente de los dedos y el dolor que se hace insoportable conforme cada uno al final se quiebra. Los fragmentos de cristales rotos que descansan  en la mesa; volátiles recuerdos de bordes afilados. Una mirada por la ventana, el ingreso a una de las muchas realidades falaces. Una puerta que se abre, la visita de una voz, la caminata hacia la plaza, el encuentro frío, tenso y estéril con otros seres, igual de caóticos, igual de volátiles, igual de indiferentes. Un paso más en una escalera de física imposible, en la que no se sube ni se baja. El cliché de darse cuenta que la vida suena a free jazz. La mezcla de sentimientos saturada que destila confusión y colores oscuros; aquella que se obtiene al contemplar las fotos de esa misma mujer y volver a escribirle algún día.

Temer que sea una sola (ella) musa de la poesía y notar que ella es la única capaz de fragmentar el texto por primera vez. Pensar en escribir rápido y sin corrección, drogado, borracho, al salir de la ducha, de cualquier manera que permanezca siendo descuidada. La escritura descuidada, juvenil y fugaz es en el fondo la más valiosa; es la voz real de personas comunes y a la vez, en el otro extremo de la cinta, es la voz de los dioses. Todo, sin embargo, depende de aquellos pocos lectores en los que uno descansa toda esperanza. Que llegue uno cada cuatrocientos años, pero que llegue. Mirar cómo el que escribe estas palabras no es el mismo que escribió la primera oración, observar la transmutación del hombre junto a su papel, junto a sus ideas sin desarrollo plasmadas para la eternidad. Entender lo grotesco que habita en cada palabra. Reflexionar acerca de cómo las metáforas de metales y de profesiones medievales no son menos groseras y predecibles que las palabras de un ser humano orgánico, inseguro, ignorante, sin ninguna formación literaria y con una visión completamente sesgada de la realidad. Buscar verbos diferentes para iniciar cada oración con la riqueza que aplauden los críticos y los académicos.

El escrito que abandona la forma predilecta del individuo y empieza a explorar fronteras más allá de lo que tiene permitido, la música nunca puede inmortalizarse en texto y sin embargo todas las palabras tienen su melodía secreta. Un balbuceo tras otro, un intento de expresión más. Una mediocre composición literaria con pretensiones de obra de arte. Un aspirante escritor que revela sus motivaciones egoístas, su estilo negligente, su limitado diccionario y su verborrea imparable. El recurso infame de admitir pobreza para pasar impunemente a través de todos los tomates y tachones. La despedida a un lector que ahora, de alguna forma u otra, tampoco es el mismo.

La pregunta del millón, y que probablemente se responde con un rotundo sí, es si toda estructura de pensamiento o arte que pueda producir un hombre está completamente determinada por su entorno. En mi caso, una vulgar educación rodeada de cristianismo, la maldición del cáncer y la pérdida de mis mejores años. El choque fatal con los conceptos de ciencia y verdad, la autodestrucción constante, el desdén por la vida humana, las fantasías psicóticas y el hecho de ser bogotano, que en cierta forma son condiciones suficientes para aceptarse como mediocre vitalicio.

Ricardo Tello