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Bogotá

Usted se mira como haciendo consciencia de usted mismo. Se sitúa en el lugar en el que está; de pie, sentado, recostado o acurrucado, siente frío. Mira sus brazos y descubre a los poros de su piel atizados por el viento, los vellos erguidos, incluso las manos ligeramente moradas. Usted se da cuenta de que está siendo víctima del viento andino. Seguramente ha decidido ponerse una chaqueta, una bufanda, ha contado sus monedas y ha salido a caminar. Tal vez está esperando recibir una llamada para no aventurarse solo, o haya decidido dejarse seducir por lo inesperado sin más compañía que la sinfonía de la ciudad. Quizá no tenga expectativa alguna, quizá las tenga todas. El punto es que usted ha decidido salir una tarde a construirse Bogotá.

Para muchos es esa una travesía temeraria; advierte la cordura que esta es una ciudad de sitios caóticos y peligros “inminentes”. Para otros, esa decisión se circunscribe a geografías conocidas con límites precisos (como la gente que prefiere no ir más al sur que la calle 45, o quienes nunca han pisado la Zona T, huyendo de los precios y las pretensiones). No importa, eso ni siquiera pasa por su cabeza.

Usted sale.

La intuición le dice que debe dirigirse al Oriente. Probablemente allá podrá encontrar estéticas distintas a los edificios de ladrillo donde la gente construye cotidianidades, o a las casas de barrio que se pintan como los pueblos, donde todos conocen todas las historias. Acaso va en búsqueda de nuevos cuentos, de una pizca de anonimato. Entonces usted toma un bus, y en el recorrido deja ir varias de sus monedas brindando dádivas al Hip-Hop, o apelando a su propia humanidad conmovido por un relato melancólico; o tal vez su presupuesto sigue intacto. Decide bajarse en el Centro.

¿Qué hace allá?, casualmente esté tratando de untarse un poco de la historia, buscando esbozar en las vitrinas de la séptima los vestigios de las tiendas de chicha de los años cuarenta, y las ruanas de los veinte; posiblemente mire el asfalto buscando la piedra que pisarían las carrozas de caballos de finales del siglo XIX, o la ventana desde la que saltó “heroicamente” Simón Bolívar después de pecar con Manuelita. Quizá usted busque en Bogotá un sitio para tomarse un café, como quien busca en El Cairo el Grogui donde se reunían los soldados británicos en la Segunda Guerra Mundial, o el café de La Habana donde no cagó Hemingway, que por desgracia es aún una ficción. Se va para Pasaje, o a respirar la conspiración que se quedó impregnada en las paredes de La Normanda. Se va para Salerno a sentirse transportado por las camareras y las anacrónicas flores artificiales, es impresionante cómo en ese sitio las cosas han sabido resistir con tanto garbo al paso del tiempo.

Puede que también se encuentre en la cuarta, indeciso entre el Nuevo-Viejo Almacén, que a pesar de los cambios sigue sabiendo a Marielita; Doña Ceci plagado de turistas buena onda; donde Homero y su poesía; o el BBC, porque, qué le vamos a hacer, allá venden una muy buena pola artesanal. De todas maneras se arrepiente, porque parece muy temprano para el destilado de la cebada, o sale después de tomarse una o muchas cervezas. Decide subir una cuadra, anda unos metros, se topa con el Chorro y sus cuenteros, con el Teatro Libre y sus adaptaciones de Dostoievski, sigue caminando al sur entre cafés y restaurantes. El Teatro de la Candelaria, el García Márquez, la FUGA, la Casa de Poesía Silva (que varios odian, pero que es bien bonita), el Museo de Arte del Banco de la República, la BLAA y hasta el Museo Botero, le ofrecen un montón del estímulos a sus ojos, oídos, piel, músculos. Usted se descubre sensual y reflexivo, o bien, aburrido y bostezando.

Camina al Occidente y la geografía va cambiando cada veinte pasos. Si tiene hambre se deleita con buñuelos, o cena Punta de Anca (dependiendo de cuántas monedas se quedaron en el trayecto, o de la cercanía de un cajero Servibanca (que están en vía de extinción (como el Terraza Pasteur))). Se hizo de noche y hace frío como siempre, o casi siempre, porque como versa la precisa observación que alguna vez hizo Jairo Aníbal Niño, el clima bogotano es y será siempre una oda a la ambigüedad, ¿o habrá sido Juan Manuel Roca?… En fin.

Hay mucha música sonando en la calle, y cuando usted al fin resuelve entrar a algún lugar, la siguiente imagen que le queda tatuada es de ella, se la robó y ahora es parte de sus recuerdos; usted fisgonea mientras la dibuja bailando sobre el piso húmedo, resbalando salsa. La ve perdiéndose en el ska, fundiéndose en el jazz, o quizá ondulando los brazos al son del Surf. Rasgándose pulsátil la curvatura del abdomen con cada percusión de ese bombo punkero. Posiblemente la vea confusa moviéndose intermitente bajo los strovers que se mezclan con luces de colores y sintetizador. Ahí está usted de nuevo siendo consciente del espacio geográfico. Se halla de pronto en Chapinero o en Teusaquillo, hipnotizado por las congas de Tito Puente en Titicó, o tomándose un cabeza de jabalí al swing de Benny Goodman en el lindo chucito de jazz de la 56 con 7ma, o bailando garage en Asilo, o preguntándose por el sentido a la música experimental que a veces se toca en vivo en Matik-Matik. Usted se da cuenta de que está siendo apresado por la farra rola y embriagado por la belleza mestiza.

Posiblemente ahí haya terminado su experiencia consciente, o de pronto no se embriagó y decidió después ir nuevamente a comer. Tal vez sedujo a la nena, o al man, o a ambos, o se encontró con amigos, o continúa irremediablemente solo. Usted sigue caminando, o toma un taxi. Decide ir a una de las 62 galerías conocidas de la ciudad, o a alguna de las 42 salas de cine que suele visitar. No sabemos.

Bogotá tiene su propia Casa Tomada en Palermo, y conserva intactos los sitios de salsa que han perfilado ya varias generaciones desde los setenta en el barrio Restrepo, así que no atañe si la intuición realmente le dijo oriente, u occidente, lo que realmente importa -para nosotros, y por eso decidimos hacer de ésta una suerte de “sección” de la revista- es que se dé a usted mismo el regalo de recorrer y descubrir esta ciudad tan… Rara.

Como recién empezamos, nos ceñimos a los límites de Bogotá, aunque ambicionamos que el azar nos lleve a lugares distintos siempre, esperando también que usted nos cuente por dónde se mueve, y nos ayude a compartir esas tablas de las que tanto disfruta. Entonces, intentaremos mostrarle aquí algunas ofertas del variopinto escenario cultural de este lugar, invitándolo siempre a dejarse seducir por lo inesperado; invitándolo siempre a construir y a construirse en Bogotá.

Camila Carvajal