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¿Qué dice?

La verdad… Oiga, yo nunca he vivido en una casa. Desde que tengo uso de razón, que no recuerdo desde cuando exactamente lo tengo, siempre he vivido en apartamentos. Pero ni siquiera en apartamentos grandes con varios pasillos, salas y cuartos, no, sino solo en esos que son imposibles de recorrer, que si uno está en la sala también está en el cuarto y también en la cocina y también en el baño y también en el lugar de la lavadora. Y si está triste o feliz a quién le importa, lo que uno siempre se pregunta es: ¿y ahora qué hago?, ¿a dónde voy?, ¿para dónde me muevo?

Una tarde, en la que también hablaba de este tema, porque lo hago seguido y con todo el mundo, un señor se me acercó y me dijo que, en cambio, él siempre había hecho ejercicio en su casota. Dijo que primero la caminaba toda y se demoraba entre veinte y veinticinco minutos, y que luego salía al patio y corría otros veinte minutos. Y cualquiera diría que qué tipo tan picado. Pero no, él me quería contar una vida y ya. También me dijo que una vez lo habían apuñaleado en el estómago, y que eso se sentía como si se pinchara un balón, que uno se iba quedando sin aire poquito a poquito.

Pero volvamos al apartamento. Imagínese hacer ejercicio en él. Lo único sería levantarse y sentarse, y sentarse y levantarse. No es posible hacer otra cosa. Y si viviera sola, por espacio mínimo necesario para vivir o algo así, estaría bien ¡Óptimo! Pero en ese lugar vivimos tres…

Aunque, sabe qué, ahora que me acuerdo una vez sí viví en una casa. No se lo dije al principio porque se me olvidó, discúlpeme. La casa era de madera y tenía tres jardines, en el 2004, y después la perdimos. En las peores horas mi hermana mayor la apostó contra unos señores de Buenaventura, eran los dueños de una lavandería muy famosa y bonita. Por ahí me enteré de que le quitaron el jardín de la mitad, el que quedaba entre el comedor y los cuartos, y que pusieron ahí la escultura de un ángel hecha en piedra negra. Y, aunque me parece buena idea, creo que fue una mala decisión; a mí me encantaba que en ese jardín había muchísimos insectos. Uno se encontraba por ahí con marranitos, con mariposas o con gusanos; con uno que se llama “el gusano de regla”, y camina más entretenido que una competencia de cien metros vallas. Sólo tiene dos paticas adelante y dos atrás, pero bien en los extremos, y se levanta hasta que queda recto y sostenido en las dos de atrás. Luego salta impulsándose hacia arriba, se encorva rápidamente y cae en el piso con las dos de adelante. Luego vuelve y se levanta, y vuelve y salta.

Lo recuerdo y me da tristeza porque en el lugar donde vivo ahora, como ya debe suponer, no hay jardines. Y no piense que me estoy quejando porque sí, porque tan boba, porque tan inmadura. ¡No, yo nunca haría eso! ¡Eso es de gente sin culpas! Si lo estoy haciendo es porque allá no hay aire ni jardines ni tampoco espacio para tener nada. Sí, o sea, tener algo importante, algo que cuando se vea sorprenda. Imagínese un cuerpo paralizado o partes de cuerpos paralizados o kilos de joyas de oro o 49 ataúdes o algunos cadáveres para brujería o esculturas de piedra o cuadros grandes o bultos de hierba o basura electrónica o libros viejos o algo así, yo qué sé. Y usted se preguntará: ¿esas cosas para qué? y eso depende, pero se necesita tener harto espacio para tenerlas.

Además, en ese minilugar donde vivo ahora tampoco hay lugar donde quepa un fantasma o un duende, o al menos su historia, y entonces uno medio se pueda divertir pensando en eso. ¡No! Si está ocupado o libre o contento o cansado o como sea, siempre está apretado, de día y de noche, y le toca salir a buscar espacio…

Y en ésas estaba hoy, ya llevaba una hora y media caminando, y vi esta casa gigantesca y abandonada. Pensé que uno se demoraría un montón recorriéndola y por eso entré. La verdad creí que no iba haber nadie, que esto iba a estar más bien solo. Pero ahora que lo veo a usted, y que ya está muy bien acomodado con sus cosas y todo, quisiera preguntarle si la podemos compartir, ¿sí? Si me deja entrar a veces y venir y estar acá. Ya conoce mis razones. Mire que en serio la casa me gusta, hay harto espacio y no me importa ni el olor ni el frio ni nada. ¿Qué dice?

 

 

La casa abandonada en la que transcurre esta verdadera historia queda en la calle 70 con carrera 7 en la ciudad de Bogotá.


Título: ¿Qué dice?
Autor: Catalina Suarez
Año: 2014
Correo electrónico:
m.catalina.suarez@hotmail.com