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Querido hombre D

A propósito de desacuerdos divinos,

Bogotá, 16 de mayo de 2013

(carta nunca enviada)

 

Hombre C,

Sinceramente no creo que lo que pasó entre los dos pueda ser desechado como una simple epifanía suya. Permítame no tutearlo esta vez. Nunca lo dije pero nunca es tarde; acepto su propuesta de existir sólo por mi boca, de engullir( me) lo que pasa por ella y dejar mis dientes en casa.

Soy una boca, al igual que Ud., en demasía bipolar. En la mitad se encuentran, el torero y la bailarina. De dientes pa’ fuera, qué importa. Es con la campanita que empieza la emoción: el ritmo apabullante o la tartamudez. Suponiendo que se trata del primero, vamos bufón, baile conmigo al menos una noche más. Bailar, buscar el centro, es lo mismo. Detrás de la campana, o hacia el fondo, mejor, dependiendo del ángulo en el que se esté, se esconde Agustina. Sí, sí, al lado de la tiroides. Asímellamodecuandoenvez. Agustina es mi mejor fantasma (ese que no cambia y que tampoco me abandona) caído de la borrachera. También los miedos se pueden ahogar, pero se corre el riesgo de perder la voz. Probando-provoca-proboca. ¿Y vos?

Esta noche me permito dudar de todo. No sé si quien escribe es ella o yo. No sé si le escribo al amante o al otro –no hay adjetivo distinto a la “otredad”-. Sé que soy esta boca donde se acumulan retazos de poesía, de cantos, de llantos, de gritos, de mentiras, de dedés, de mierda. Si tan sólo pudiera meterme la mano por la boca, agarrarme de ese miedo y darme la vuelta, podría andar lo que falta de mi vela(da) desnuda, llena de soledad, de madrugada, de ganas de que me pruebe en este estado.

Sí, ¿por qué no me prueba también en el estado en que me dejó?: en este estado de pulpa, de baba, de masa grasienta, de materia compacta, de hambre, de asco, de miedo. Ese día se levantó con ganas de tirar las macetas por el balcón, ¿eh? ¿Por qué no me absorbe por los ojos como las manchas de los pulpos? ¿Ya hay uno tatuado en su pecho?

Afuera llueve. Ya no espero a nadie esta noche. Me habría gustado llamarlo e insistirle, pero ya ni siquiera sé sobre qué van mis terquedades. No sé por qué me empeño en contarle mi historia y mostrarle que mi duende también baila. (En presentarle al duende, si al menos todavía se me permite pecar por coqueta). Cuando el doctor Mata me pregunta, yo sólo respondo que sigo al pie de la letra su química y que, por lo demás, tengo muy poca tolerancia al fracaso.

Pero en el fondo sé que no es que esté falta de libertad, sucede que a veces simplemente me quiero llenar los cachetes de cerdo en salsa de cacahuete.

Con usted

O de usted,

Es lo mismo.

¿ó A?.

 

P.d.: Receta para convertir a su enamorado en crema cicatrizante de pulpo y cerdo con olor a cacahuete. Después de esta historia, cacahuete dejó de ser mi palabra preferida.

Obvio.

 

Mariana Schrader