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Rompecabezas

-¿Serán éstas?

El niño mira con desconfianza las fichas que ha unido. Le digo:

-Cuando son las correctas no hay dudas. Esa es la única regla del rompecabezas.

Pachito me mira serio y las separa. Quedamos ahí, moviendo solo los ojos sobre la mesa. Lo que acabo de decir es muy parecido a lo que le dije a Dalia en uno de esos abrazos. Que encajábamos en esa parte fronteriza que no es cabeza, ni cuello, ni cara: que daba alivio, casi hallazgo. En un gran plano de la realidad (solo de espacio), ella y yo estábamos cerca, y lo dije convencida de que no cambiaría. No sé si Dalia y Pachito, que padecen del mismo mal de la impaciencia, entendieron.

Como si escuchara que acabo de decir su nombre me mira y mira las fichas en mi mano: No son, dice, no van. Yo actúo natural. Giro las fichas cuatro veces, pero no van. Lo que no entiendo es cómo esas fichas que encajan empiezan a estrecharse, a cambiar de forma. Dalia y yo nos reíamos sin parar por horas, jugábamos, bailábamos y también hacíamos nada: todo nos complacía.

– Mejor busque las de acá. Lleva veinte minutos sin encontrar una pareja.

– Ningún tiempo invertido es desperdiciado, esa es otra regla Pachito.

Con él impaciente, aprovecho su incomodidad para parafrasear a alguien.

-La única meta de la paciencia, es la paciencia. Lo digo en un tono detestable, en el que quizá muchas veces me hablaron a mí.

Hay silencio. Tomando como una liana mi atención, trae una ficha que lo confunde, ha creído que va en varias partes. Le digo que la saque y siga con otras. Fui cortante y el niño resbala de la liana, toma un nuevo lugar en el juego y pronto olvida. Puede que lo que no ayude a la concentración de Pachito sea la imagen. De no ser por las flores que cuelgan afuera de las casas no tendría ningún interés para él: la dificultad debe corresponder al interés recompensado de ver la imagen completa, por lo que para Pachito no representa lo mismo ver estas casas a ver algo más raro, o un animal, algo que pueda reconocer.

Llegaba a veces una situación con Dalia: de la nada yo quería darle en cada punto débil, como una acupuntura de la maldad, de la nada me retractaba, de la nada volvía a verla natural y humana. Y desde el mismo lugar ella ponía agujas sobre mí, más al estilo del vodoo; Dalia y yo éramos perfectas en un segundo y al siguiente nos provocábamos de todas las maneras: nunca fallamos.

El niño me dejó la peor parte: el empedrado de la calle. He armado cuatro veces este rompecabezas pero aquí el procedimiento siempre es lento y el mismo. Organizo las 50 fichas del empedrado de acuerdo a la dirección que tienen. Luego las separo según su forma y de ahí pruebo una a una. Me siento ciega, absolutamente ciega. Él, mientras tanto, organiza las fachadas de las casas, que no son más fáciles pero sí tienen formas definidas.

– Creo que sé donde va la ficha- dice él. Las acomoda con la pretensión necia de que encajan, cuando es evidente que no. Simulo no verlo porque con un consejo más, estará saturado y es capaz de dejarlo todo ahí. Dalia es de las fichas que Pachito inocente y desesperado encaja en cualquier lugar y las deja ahí, equivocadas. Dalia es incontenible en la caída, en la equivocación… Su mala intuición es su máxima, pero luce cualquier defecto con el orgullo.

– ¿Qué había preguntado?

– No era pregunta, dije que ya sabía donde iba la ficha, pero no, tampoco era ahí.

– ¿Dónde cree que va la ficha?-agrega él-,señalando la ficha que tiene apretada con sus dedos.

Pasara el tiempo que pasara, durante esos tres años no había desarrollo. No, el tiempo no es esa línea, ni ese círculo con bordes numerados, mucho menos para nosotras. El principio fue inmediato al final: fue cero, infinito, y en el medio vacío; lo que duró no está en la memoria. Como si ese rompecabezas fuera otro universo en expansión, las coordenadas cambiaron y seguimos aún con lo peor que teníamos. No sé si al estilo de una la pintura del Bosco o el juego de Wally, pero ya no era posible encontrarnos.

– Le tengo que mostrar un juego muy parecido a éste Pachito.

– ¿Cómo es?

– Es de encontrar a un personaje. Hay muchos como él pero solo él es él.

– La regla de Wally es similar –agrego-  Él lo ve a uno primero, desde que uno pasa  la página.

El amor no se acabó, ni el odio. Pero miento, miento en algo, porque fue la mirada cansada de Dalia la que primero se pobló. Sentí perder una vida cuando llamó a explicarme y su voz era turbia, más quebrada y oscura que en sus confesiones regulares. No imaginaba que era solo la primera de las llamadas que haría, donde debatía constantemente sus decisiones, su arrepentimiento convulsivo y su solidaridad consigo misma, que jamás aceptaba llamar autocompasión. Meses después de que se acabara, me daba la impresión de que solo llamaba para escucharse. Yo era una parte de ella contra la que ella luchaba a diario, mientras se convencía de amar de nuevo. Al no soportarlo acudía directamente a mí, para escuchar  su otra parte.

Dalia no existe. Está en un eje oscuro de la psiquis, un punto que se hace agujero negro.

– No me respondió la pregunta.

– ¿Cuál?

– Que donde cree que va la ficha.

– Pachito, ésta si es la última regla, lo aseguro: esa ficha que siempre uno confunde sin saber donde va, esa problemática que uno duda que sea del rompecabezas, que atribuye a un error de fábrica, es por lo general la última ficha que uno va a poner sobre la mesa.

 

 

 

 

Título: Rompecabezas
Autor: Natalia Ospina García
Año: 2013
Link portafolio o correo electrónico: natalia.ospina@correounivalle.edu.co