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Sanación. Marco Polo. Litografía.

Sanción.

Vuela lejos, con fuerza,

salta con un impulso invisible y llénate,

bebe a más no poder del manantial de aguas inmortales.

Huye del insaciable segundero y elévate,

empápate de aire, embriágate con el fugaz infinito y deja correr libre tu pensamiento.

Un viento cálido se aproxima, y solo ya no estás;

la cuidad despierta, te invita, te llama,

y tú solo debes correr, atrapar eso que quiere escapar,

una alegría escurridiza, amarilla y calurosa.

Ahora entiendes todo mejor,

tu siniestra mano está curando sus heridas,

te llaman lenguas extranjeras.

Ven, acércate a mí,

mírame atentamente y dime quién soy,

ayúdame a ser como tú, a liberarme, a crecer.

El águila a mi derecha vuela,

y serás tú mi guía, mi Hermes Trismegisto.

Pero veo ya al redondo Saturno

y su cara me llena de espanto,

y sin embargo sé que es esta una época augusta

y el fuego me hará renacer,

limpio y beato,

finalmente yo.

 

 

Marco Polo. Cómo no me di cuenta antes: las sábanas manchadas de sangre, su blanca pureza violada por el líquido que en un solo movimiento da la vida y la muerte. Ahora soy yo la víctima; en medio de la habitación vacía son mis brazos los que cuelgan como si ya no fuesen parte de mí, como si yo mismo hubiese dejado de existir. Y es el espejo el que me dice lo contrario, el que refleja esa fotografía en que mis rodillas desnudas parecen plantadas en el suelo, mientras que el tiempo ha sido asesinado. Lejos, muy lejos, alguien llama mi nombre, me toma con su mano cálida y trata de guiarme, pero en realidad estamos jugando a marcopolo sin que ninguno logre encontrar al otro. Es entonces que me doy cuenta de que mis manos están ensangrentadas y, por más que trate de lavarlas, el líquido espeso y pegajoso resiste con la misma tenacidad que un corazón lleno de vida en su lecho de muerte. Resulta increíble pensar que todo esto no es más que un sueño erótico hecho realidad, que las palabras esconden mucho más de lo que las sombras revelan.

 

 Litografía

Hay noches en que, a pesar de la obscuridad que devora todo lo que toca, el chico del edificio de enfrente sabe que las nubes están hechas de piedra. Invisibles en el cielo negro, murmuran entre ellas, teniendo cuidado de no despertar a nadie, y comentan los desamores fluctuantes de los habitantes de la polis. Este chico debe ser el único que las oye, pues no puede dormir y sus palabras lo hieren. Lo hieren más que la distancia y que el silencio de una flor amada, pero ellas, insensibles, no se callan ni por un segundo. Su inmensa gravedad les impide viajar a un país vecino y atormentar, en otra polis, a otro chico en algún otro edificio de enfrente.

 Camilo Bonilla-Salinas