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Sobre la vida

¨<Vivo, he vivido, debo vivir; y de pronto la muerte, la

destrucción de todo. ¿Para qué vivir? ¿Para morir? Entonces

¿Debería matarme ahora mismo? Me da miedo ¿Mejor esperar

 que venga la muerte? Me da más miedo aún. Debo vivir ¿Y

para qué? ¡Para morir?> Imposible salir de ese círculo¨

TOLSTÓI, Lev. Relatos. De bolsillo editorial. Pp. 220-221.

¿Cuánto vale la vida de un ser humano?, pero sobre todo ¿qué permite darle valor a esa o cualquier otra vida?, es un pensamiento que pesa en la mente de cualquier hombre. No hay muchas salidas que prueben ser plausibles o valederas, más bien hay sin sentido y caminos sin fin por los cuales arrastrar los pies. Es común ver hombres entregándose a causas superiores para que sus nombres valgan. Desde Aquiles vemos personajes que insisten en marcar sus nombres en la historia de la humanidad olvidando que, a fin de cuentas, toda esa historia está hecha para nadie mayor o superior que el propio hombre; un hombre que también desaparecerá en su totalidad. Es tan importante el valor de la vida que entre los mandamientos ocupa el mayor lugar de importancia cuando hay que dejar de alabar a los padres y a dios. ¡Al prójimo hay que respetarle la vida! ¿Por qué?

Hay que pensar en el ser humano como un ser más bien destructivo y renuente a hacer el bien desinteresado a los demás. Basta ver cualquier lugar del mundo en cualquier punto de la  historia para darse cuenta de las formas del hombre. La guerra y la destrucción son, en especial, marcas de lo que denominaríamos “naturaleza humana”, mientras que el amor desinteresado y la búsqueda del bienestar común son rarezas otorgables a Jesús y uno que otro perro callejero.

Una reflexión sobre la vida toma poco menos que toda la vida que un hombre pueda vivir; aún así, en su lecho de muerte no sabrá más que sobre su propia vida. El mayor problema del hombre en este respecto es su ego, sus ganas de trascender más allá de su propia existencia y determinarse el centro de, ya no digamos el universo como lo desmintió Galileo, sino de la existencia misma. Así como todos dejaremos de existir y el nombre del gran Homero será borrado del existir mismo sin quien lo recuerde, usted señor lector, su perro, el árbol que ve todos los días al coger transmilenio, todo ello, también se perderá como ya se han perdido miles de existencias, tan solo, dentro de este mismo planeta.

¿Entonces? Así como hasta la misma paloma que puede cagarse sobre usted hoy mientras se toma su café para no morir en la intrascendencia va a desaparecer de la misma forma que usted, ¿en qué se diferencia el valor? No digamos que el hombre por ser racional merece más y que gracias a la inteligencia superior de éste animal erguido y evolucionado hasta lo máximo hoy en día el mundo se encuentra en vísperas de alojar una raza que vive armoniosa con él y, aunque explotando por sus necesidades cambiantes dentro de la evolución humana y tecnológica, es capaz de respetarse y saberse como animal mientras hace para todos los que se encuentran bajo él un mejor hogar. No, ¡NO!

Cada hombre debería, un día en el que se sienta feliz preferiblemente, pensar(se) en la vida suya y la del mosquito que lo picó, porque no es un tema de menor importancia aun cuando parece que nadie hace un alto en el camino y dice “pero, ¿por qué?”. Yo mismo lo pienso y, sobre todo, lo discuto. Justo en este momento me crucé con un libro de Tólstoi en donde hay mil y una alusiones a la vida y a cómo vivirla. Más allá de la crisis de alguien quien encontró fama y, de no ser por dios, hubiese acabado con su vida encontrándose en el eterno sin sentido de la misma al tenerlo todo, vale arrancar los vicios cristianos del autor y leerlo con un ojo menos prejuicios o fanático, dependiendo de dónde deposite cada quien su creer.

Este autor fue de aquellos, que para mí no se dan hoy en día tan genuinamente, que no sólo quería escribir y explotar su arte, su don, sino más bien enseñar a vivir y dejar enseñanzas. Preocupándose por la existencia de quienes le rodeaban, quería mostrarles caminos que transitar y senderos para evitar. La vida misma se ve expuesta de formas de valor ajenas a ella misma. Usted, bogotano, entenderá por ejemplo Las memorias del príncipe Nejliúdov y la reflexión que allí se hace porque, más de una vez, ha visto a algún desventurado tratar de ganar dinero con su arte y, aunque entreteniendo y otorgando placer a quien lo escucha, yéndose con las manos vacías. Por favor, no piense en el hippie vende-manillas o en el rapero caleño que viven en transmilenio creyéndose artistas. No, no, más bien piense en aquel quien lo conmovió, no por sus pesares, sino por su poesía; aquel quien logró enmudecer a más de uno por el don del artista. Ese buen hombre, que ante la mayoría es un pordiosero que, a falta de dinero y medios para procurarse ese lindo iphone, es un hombre infeliz. Sí, ese es aquel por quien el príncipe se pregunta ¿cómo podemos juzgarle por infeliz? Seguramente cuando toca su clarinete es uno de los hombres más felices y gracias a eso ha podido mochilear a través de toda Latinoamérica.

No sé por qué valga la vida y, de hecho, creo que es una pregunta sin respuesta – razón por la cual dentro del mundo positivista y lleno de verdades científicas vale hacerse-. Sería tonto decir que el valor yace en un fin ajeno a nosotros, porque no hay nada más allá que justifique un vivir ya que todo lo que nos sobrepasa, el universo mismo, existirá cuando nosotros hayamos pasado a una historia sobre la cual nadie escribirá. Tampoco podría pensar que el valor de la vida es lo que cada uno haga con ella. Así como el gran príncipe que cayó en desgracia y vagó por el mundo, para morir tras ser una carga para algunos familiares, el mochilero morirá dejando nada más que algunos huesos. Aquel Jolstomer que, aunque pio, fue un gran corredor y hermoso caballo, al ver aliviados sus dolores por la muerte se siente igual que cualquier caballo de reciclador en el mismo instante, y de los dos no queda más que tejidos en descomposición. Lo logrado en la vida se queda en el pasado y, aunque le haya dado grandes placeres a los demás y se haya procurado otros a usted mismo, nada de eso permanece para morir junto a él. Tampoco puede ser la utilidad de su vida a grandes causas o, incluso a otros. El árbol que cae también tiene pájaros que deben mudarse, mas continúan moviendo sus alas, imperturbables, hacia la vida. Ese árbol es un muerto que afecta a sus habitantes pero que nadie llora, porque aquel pájaro a duras penas sintió el rozar de la rama mientras caía.

¿Quién puede hablar sobre el valor de la vida? ¿Acaso el valor de la vida recae en el hecho de ser una vida? Ojalá todos nos preguntáramos por eso, no porque vaya a cambiar nuestras vidas, aunque podríamos; o por ser mejores seres humanos, aunque pensar sirve para tal fin. La respuesta no importa. Preguntarse por algo que no se puede responder sí. Usted lector, no googlee la pregunta ni la twitee esperando quien la responda. Pregúntese por algo que no se puede responder, tal vez valga la pena una vida con interrogantes y no una con respuestas.

Sebastián Báquiro