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Testimonio

Ante la curiosa mirada de una pareja, que tenía abierto su paraguas a pesar de que el día no era soleado ni estaba lloviendo, un hombre de aspecto mustio miró fijamente la tierra en frente de él durante lo que les parecería luego un par de segundos. Esto lo supe porque un vendedor ambulante -con la particularidad de medir exactamente 18 centímetros más que un mexicano promedio- de comida mexicana que fue testigo de primera mano de la atención casi enfermiza con la que ambos miraban al hombre, sentado y decidido a mirar al suelo por toda la eternidad, como si tuviera el tiempo, según confesaría un taxista días después a un periodista cuya crónica de los acontecimientos levantaría ampolla en los sectores más conservadores de la ciudad. Tuve la fortuna de leer aquel documento en versión digital antes de que el malestar que generó lo tumbara para siempre, irremediable y definitivamente, del internet.

Entonces el texto no me pareció sobresaliente en lo más mínimo, es más, le pesqué yo mismo y sin ayuda, un par de errores ortográficos y gramaticales, como si hubiese sido escrito con prisa y sin pausa. También tuve la impresión ese día de que el café me quedó ligeramente quemado y que, si salía a la calle, iba a llover. Ese día no llovió y no salí a la calle, por lo que nunca sabré si ambos acontecimientos están vinculados. Tampoco pude entender, hasta hoy, el revuelo que había alcanzado la publicación, de no ser porque el encargado de la obra, donde estaba el pedazo de tierra que miró fijamente el hombre de aspecto mustio, que consulté ésta mañana,  me explicó que el texto que yo había visto, criticado y corregido mentalmente, era dos párrafos más largo de lo que creía. Él mismo, me respondió el encargado, se había distraído por la determinación en la mirada del obrero, quien era un indígena sin idea de español que venía buscando en la ciudad un sitio donde descansar de las ráfagas de metralla, como no pudo su mamá, que era en realidad su tía, hermana de su madre biológica, como ustedes saben, y que se vio obligada a asumir el rol cuando parir al bebé le costó la vida a su hermana, como ustedes no sabían.

Ante la incrédula mirada de la pareja, el vendedor ambulante y el encargado de la obra, o sea, de todos menos del taxista, el hombre que trabajaba en una construcción, cuya madre era su tía y tenía aspecto mustio, se puso de pie tan rápida como inesperadamente con la mirada fijísima en el pedazo de tierra, aunque no por mucho tiempo. Esto lo pude inferir comparando la versión del encargado, la del vigilante que estaba pendiente de las cámaras y, no menos importante por ser un objeto inerte, la de la cámara, que alcanzó a registrar casi un minuto más antes de que el movimiento programado al que está condenada, cortara la imagen. En esos segundos más que pude ver de video, se ve al hombre y también en una fracción de la esquina superior izquierda, a muy baja velocidad y por muy corto tiempo, al taxi donde venía, quién si no, el taxista; que no se sorprendió cuando el obrero mustio se puso de pie ni tampoco, cuando, con la velocidad del rayo, alcanzó un tubo del tamaño de una espada corta que utilizó contra el pedazo de tierra que miraba tan encarecidamente segundos antes.

El vigilante me supo decir que la extravagancia de la acción lo sorprendió lo suficiente como para hacer que se levantara de su silla, de su reducida omnisciencia de cabina de vigilancia, para ver cuál era la situación con aquel extranjero paisano. Al momento de salir otros dos trabajadores, entre ellos el encargado que sabía de los dos párrafos que le faltaban a la crónica, se habían acercado también. La otra cámara del futuro edificio mostraba que en el mismo periodo de tiempo la pareja curiosa y sorprendida se había acercado apenas unos pasos. Como el turno del vigilante se acabó, me vi buscando al obrero que mencionó pero un vendedor ambulante de comida mexicana que rondaba todos los días el lugar de la obra, me dijo que no había ido, en cambio habían ido, a diferencia de aquel día, un par de policías que me seguían con la mirada.

Justo cuando todas mis fuentes se habían extinguido y la lupa que representaban los dos policías pesaba fuerte sobre mi cobardía, un hombre de aspecto mustio salió mirando hacia el frente con una decisión tan mencionada en la crónica como en los testimonios y con el paso seguro de quien ha recorrido un sendero muchas veces. Lo seguí con el caminar que puede tener un aprendiz de espía sin gabardina, por lo que el indígena con dos madres no tardó en, para mi sorpresa, invitarme a su casa a trancas, con un pésimo español, a la última hora de la tarde.

Una vez llegamos y me di cuenta de que no era una casa sino más bien una habitación, me sentó en un colchón que había en el piso y que le servía de cama, porque no tenía sillas, y volvió de un pequeño baño con unos papeles y un balde tapado. Tal vez el corto tiempo que ejercí como espía influyó en mí, porque pude deducir correctamente que los papeles eran la crónica completa y que, por la familiaridad con la que se movía y actuaba, el hombre llevaba invitando a la gente a su habitación de la misma forma un buen tiempo.

Me ofreció los papeles y un vaso con agua, luego se marchó. Comencé a leer la crónica pero, recordando los errores y las faltas, además de estar invadido por la misma curiosidad de la pareja, decidí saltarme todo cuando ya me había leído y zanjar la duda de una buena vez. El texto no mejoraba en los dos párrafos aunque contaba lo que ocurrió luego de que el vigilante llegara al sitio. Con el tubo en mano señaló a los presentes el pedazo de tierra en frente de él. Había bastante tierra que no se había asentado todavía pero pudieron distinguir, cuenta el obrero que no fue hoy a trabajar, un punto rojo y firme en el piso. Todos adivinaron inmediatamente que se trataba nada más de un rayo de luz roja y focalizada, con la que los niños tanto gustan molestar a los peatones desde la seguridad de sus ventanas y que llaman láser. El hombre mustio, sin entender muy bien, parecía desconcertado con la familiaridad de los otros con el punto rojo incandescente. Algunos trataron de demostrar que era seguro, y nada más que una broma, pasando su mano por encima del rayo, haciendo que éste se dejara de posar en la tierra sino en la palma de la extremidad. El hombre cuyo parto le costó la vida a su madre no conseguía tranquilidad con las pruebas y los hechos, y su ánimo se fue turbando. Golpeó unas veces más la tierra, tiró objetos y gritó al punto de luz.

Una vez los asistentes del espectáculo se hubieron cansado, el hombre, con el tubo en la mano, cogió un balde y, con la misma decisión de su mirada, se lanzó sobre el rayo. La mayoría de los asistentes supuso que el niño dueño del rayo había culminado su broma, o que su madre lo había castigado, o que se había hartado de su víctima, pero todos reconocieron que la coincidencia fue enorme, porque cuando el indígnela cubrió el punto rojo, desapareció. En este momento el hombre volvió a entrar a la habitación y me miró a los ojos, luego al balde y apagó la luz. Pateó con fuerza pero con sutileza la tapa del recipiente y lo agarró con ambas manos, mientras lo acercaba a mi cara. En el fondo, muy tenue, había un puntito rojo fulgurante.

 

Título: Testimonio
Autor: Tomás Tello

Año: 2014