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TOMATE

 

A Lina M. Concha Toro.

 

Aquella mujer aceleraba su vida. Ella se estampaba  en una curiosa rapidez. Cada vez latía más fuerte el corazón. ¿Taquicardia? Penetraban flujos de sangre el cerebro, alterando esos estados donde mueren las curiosidades y renace la sabiduría latente. Su mano izquierda se quedó muda por los sórdidos latidos del miocardio. Con la derecha acarició la carótida y deslizándose por entre su pecho para hurgar unas heridas amorosas, descosió unos suspiros que antaño la acompañaron. Las uñas iban abriéndose paso por entre la piel. Cascando el hueso fue penetrando poco a poco. Apartando los pulmones, halló un corazón algo rojo algo cansado. Lo tomó con la mano enjaulando unos sentimientos ya pútridos, esos que pululan como abejas en flores marchitas, lo sacó y se lo ofreció a aquel dragón que la acompañaba. El dragón masticó felizmente aquel tomate que servía de alimento para unas tristes alas caídas. A veces, volaban juntos. Otras, sólo se iban  introduciendo en las imaginaciones ajenas donde yacían eyaculando sus fuegos. Ideas incendiarias. Igniciones de un mañana. Amanecer.

 

Algún día entenderán ellos lo que significa el amor. No caerán en la tentación de enamorarse, sólo dejarán de creer en los caprichos y entenderán el amor. Son cómplices. Cómplice dragón. Cómplice mujer. Adjetivos más, adjetivos menos. Adjetivos iguales. Amante. Suspiros. Un plon.

 

Sumergidos en sus ensoñaciones, los caracoles que los rodeaban hacían viajar el agua bajo fluviales movimientos. Sus fluviales movimientos. Frescura nocturna. Son de la noche. El dragón se adentraba en ella y seducía los encantos. Encantada, ella viajaba sobre aquel ancestral lomo. Bocanadas de ideales. Humos de consciencia. No hay León que repare tal barahúnda de sensaciones. Las letras inyectaban sal a sus heridas mientras una voz algo queda y colocada le comunicaba la armonía de una hermosa canción escrita.  De golpe, una lluvia de tomates se largó como las lluvias de mi ciudad, cayendo sobre bellotas que flotaban en el aire, algo denso, de una noche, algo húmeda. Cargada de armoniosas melodías. Silencios que llenaban ese vacío eterno en el que ella se sumergía guiada por el dragón. Y despertó en sollozos. Verdes sollozos. Despertó su alma, caminó hacia la libertad. Abrió los ojos para nunca más despertar. Y tras la oscuridad se escondió. El negro era un color lleno de conocimiento. Bruma del saber, como la lecherita del cerebro.

 

Alguna noche recordarán sus sollozos bajo los ritmos cansados de una salsa de tomate. No la combinarán con mayonesa. No se debe caer en el error de formar una vida rosada. Aderezos de vidas aperitivas sin sentido. Culinarias formas con pizca de libertad. Pensar. Más suspiros. Otro plon.

 

Ella siempre se perdía en los ojos de aquel dragón, su cómplice. Se sumergía bajo trenes cósmicos que viajaban al interior de ese par de galaxias. Ardía en unas miradas cansadas, unos globos rojos que proyectaban el vuelo entre las nubes cargadas de tomates. Esas nubes donde se lloran las penas del alma. Tomates cansados de tanto amar. Hartos de tanto sufrir. Aburridos de latir con un monótono ritmo. Ellos sólo quieren más música. Y así, de forma inusitada, fueron apareciendo malvados átomos que retomaban configuraciones de recuerdos cargados de un sentimentalismo ora cursi ora doloroso. Sentimientos del ayer. Átomos que cargaban neutrinos pordioseros. Vagabundos en el vacío de un espacio atenuante. El dragón desapareció con el primer rayo de sol proyectado sobre aquel gris horizonte. ¿Lo ven? Ella, encontrándose plena en una soledad grisácea, fue encontrando el color que la conduciría a su hogar, dulce hogar (no apto para diabéticos). Despertó a sus pies, con sigilo y algo más que silencio. Cuidadoso. Sus manos danzaban la samba del olvido. Sus labios las milongas que enaltecen al beso tanguero. Pensó en el mate. Lo deseó. Ya casi al final de un colorido camino, recordó que había vendido su cama, pero no su estéreo, o equipo de sonido como le llaman en el país de mierda,  y  así fue convirtiéndose en los sonidos musitados de una trompeta que se perdían tras la balada triste que moría con un sol que amarilleaba un azul amanecer. Nunca más despertó. Siempre soñó. Tomate.

 

 

 

Por Juan Carajo

 

FICHA TÉCNICA
AUTOR: Juan Carajo (Juan Camilo Solano Carrillo)
AÑO: 2014
CORREO ELECTRÓNICO: juancsc13@hotmail.com