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Un oso en primavera

Logré conciliar el sueño con una sola idea en mi cabeza: “Mis manos son muy peludas”. Me había acostado en mi cama minutos antes y justo antes de caer dormido, sí, en esos primeros minutos en los que comienza el sueño, sí, en ese pequeño umbral donde aún no se puede saber si se está despierto o dormido, sentí como los pelos de mi cuerpo comenzaban a crecer lenta pero constantemente, claro no le di importancia alguna, y me entregue a la soledad del mundo onírico.
Cuando cerré los ojos pude ver con deslumbrante claridad las flores que habían comenzado a retoñar en un hermoso bosque cerca de Lake Tahoe. Era marzo, por tanto el invierno ya estaba terminando, pero el frío era muy azul todavía. Las ardillas volvían a caminar entre los troncos de los árboles, las abejas comenzaban a viajar de flor a flor y un fuerte olor a humedad envolvía el ambiente. Yo, por mi parte, me atragantaba con salmones, los devoraba en seguida, uno detrás del otro, apenas lograba pescarlos los llevaba directamente a mi boca. Aun así no podía saciar el hambre…
Atraído por las voces de animales civilizados me aproximé a una tienda de campaña y la observé desde los arbustos. ¡Tenía tanta comida! –pensé por unos instantes– y luego suspiré… al instante, me acerqué con alegría a ellos, rogándoles que me compartieran un poco de su almuerzo, pero ellos horrorizados escaparon y se escondieron en el bosque… ¿¿acaso mi voz era tan fea?? –pensé por un momento– desde luego, era un poco gutural, pero no era para tanto… bueno, quizás eran extranjeros, no dominaban muy bien el inglés de la zona y por eso no me habían entendido con claridad. De todas formas me adentré en una de las carpas y tomé todo lo que me pareció de utilidad: Varios pedazos de pan, que digerí allí mismo, un poco de agua con gas que comenzó a regarse cuando la destapé, un poco de queso, algunas frutas y algún chocolate muy bien empacado, que me tragué con todo y envoltura, por último, me fijé en una lata de sardinas y desde luego, en una navaja suiza (sin ella sería todo un problema abrir dicha lata). Comí cuanto pude y al salir dejé todo lo más ordenado que pude; alguna vez escuché que los suizos son seres muy extraños y meticulosos, casi psicorrigidos, y bueno, ¡ante todo la limpieza! –gruñí para mis adentros.
Al alejarme del campamento volví a escuchar las voces de aquellos animales parecidos a simios, pero vestidos con lana y seda; sabía que había visto algunos de ellos en otro lugar, y sus rostros que me parecían tan familiares, comenzaban –poco a poco– a volverse extraños, lejanos. –Bueno, total, yo uso una enorme piel de oso que me abriga en el invierno, cada quien puede hacer lo que quiera y vestirse como desee. –Pensé en voz alta.
Me acerqué a un pequeño arroyo de agua cristalina y mientras bebía un poco, vi como un enorme oso de color marrón bebía del otro lado del espejo de agua. En ese momento, noté que aquellos extraños animales me habían seguido hasta aquel claro del bosque. Rápidamente entendí lo que sucedía: ¡querían su preciosa navaja de vuelta!, seguro también tenían hambre y muchas de esas latas eran realmente difíciles de abrir, además, si la navaja era original debía ser carísima. Cuando se acercaban percibí el miedo en sus ojos, además les temblaban las manos y las piernas, pero justo al contrario, sus armas estaban rígidas, estables, decididas. A uno de ellos se le voló el sombrero cuando paso una brisa primaveral. Sin miedo, me incorporé y me dirigí hacía a ellos y al tiempo que caminaba les dije, con el más claro y neutral ingles que pude, que se acercaran. Acto seguido salieron corriendo, sin pensarlo siquiera un instante, como si no hubieran entendido mis palabras. Para mi alegría hubo uno que se quedó quieto, –afortunadamente no estaba armado– mirándome fijamente a través de una hermosa Nikon y con el sombrero medio volteado. Su dedo índice disparó un par de veces y luego alejó la cámara de sus ojos. Cómo aún estaba un poco lejos, le grite una vez más: ¡¡acércate!!, ¡aún tengo unas cuantas sardinas!, luego, atiné a decirle que yo tenía su navaja, que en seguida se la entregaría, solo tenía que venir y tomarla. El sujeto me miró con cara de: “¿?”, soltó su cámara, que violentamente colgó de su cuello, y echó a correr. Con certeza me había mal interpretado. Y entonces, con navaja en mano, decidí perseguirlo para entregársela… mientras corría, pensaba: “la próxima vez debo hablarles en alemán o tal vez en otro idioma, de seguro así me entenderán mucho mejor…”
Corrimos algunos minutos en medio de los árboles. ¡Herr!, ¡¡Señor!!, –Gritaba enérgicamente–, esperando que aquel sujeto pudiera comprenderme. Pero gritar en diferentes idiomas y correr al mismo tiempo no es uno de mis fuertes, así que tropecé un par de veces y me raspé una pierna. Aun así logré darle alcance unos metros más adelante, justo en el callejón sin salida donde intentaba esconderse. Un poco agitado le dije: “toma, aquí está tú navaja”. Dejé escapar una gran bocanada de aire pues hacía mucho tiempo que no corría con tanto esmero. El sujeto, aparentemente muy apenado, no supo hacer otra cosa que gritar y taparse la cara con las manos. Debía sentir mucha vergüenza –pensé–. Entonces, acerqué mi mano a su hombro para intentar consolarlo, y su abrigo se hizo añicos. Qué mala calidad –dije en voz baja, casi susurrando–, no quería que el sujeto se pusiera peor. Las uñas de mis manos, que se encontraban debajo de la almohada de plumas, crecían con mayor velocidad.
En ese momento escuché un grito, y aunque logré captar los sonidos, no entendí que significaban. Eran algo así: ¡¡”Deja en paz a mi padre, maldito oso”!!, desde luego se refería a mí, pues el último sonido que había pronunciado era mi nombre. Levanté mis manos en son de paz, y me acerqué a la pequeña niña asustada, pero ella sin pensarlo apunto a mi cara y en ese momento desperté. Estaba empapado en sudor y muy agitado, un plato medio comido estaba al lado de mi cama y en la radio sonaba “el oso”, una canción de Tango Feroz, justo en la parte de: “vino el hombre con sus jaulas”. Sentí un escalofrío y un pequeño tirón en la nuca. Estire las articulaciones de mi cuerpo cual gato, y enseguida mire mis manos y mis dedos. Con terror mire las uñas de los dedos de mis manos, mucho más largas y sucias de lo que hubiera podido recordar (aunque debo admitir que siempre olvidaba cortarlas) luego inspeccione mis manos: estaban llenas de callos y heridas. Por un momento me abstraje del cuarto, de ese abrupto despertar, y concentre mis pensamientos en mis manos, nunca las había detallado con tanto cuidado; primero el dorso de mis manos y luego las palmas, miré las rayas de mis manos que a simple vista parecían una el espejo de la otra. Luego mire mis huellas dactilares y me perdí en las numerosas figuras laberínticas que se formaban en mi dedo índice derecho… mientras tanto, intentaba respirar con calma y hacer que mi sangre girara con menor velocidad; los latidos del corazón podían sentirse en la yema de mis dedos pulgares. Un poco nervioso y asustado toqué mi cara: estaba llena de pelos… de inmediato me levanté de la cama, tomé la navaja suiza que estaba en la mesa de noche y corté todos los pelos de mi cuerpo, regresé a la cama y en el instante en el que mi cabeza tocó la almohada, quedé feliz y plácidamente noqueado.
Al otro día no recordaba mayor cosa, una extraña sensación en mi cuerpo, un sentimiento que nunca antes había experimentado. Desde luego, tenía un par de imágenes muy nítidas que giraban en mi cabeza, pero a medida que pasaban los segundos se iban desvaneciendo de la misma forma que se daña un negativo si lo dejas más del tiempo adecuado. Sin embargo, si hay algo que puedo recordar con claridad, fue el estar parado en frente del espejo, con las manos sobre el lavamanos, observando detenidamente que ya no tenía ni un solo pelo en todo mi cuerpo.
Título: Un oso en Primavera
Autor: Juan Manuel Roveda
Año: mayo 2014
Correo: nauj_r10@hotmail.com